EN BLANCO
Amor loco
ESE PELIGROSO conspirador que llamamos destino ha decidido mostrar su cara más amable y, tras largas décadas de aplazamiento, el loco amor de Carlos y Camilla quedó sellado como el Dios anglicano manda. Fianliza una enconada partida de ping pong emocional, facilitando el pasaporte para la felicidad a una pareja hechizada por un cariño en versión mermelada de higo. Aunque nadie es capaz de entender la razón que les ha llevado a perseguirse desde jovencitos igual que el burro a la zanahoria, lo cierto es que se han ganado a pulso el derecho a tomarse en comandita el té de las cinco, e incluso a ingresar en un futuro próximo en el mismo geriátrico. El camino se ha presentado lleno de trampas y dificultades, desde que la reina Isabel II, conocida cariñosamente entre sus súbditos como «Su Alteza Nalgona», decidió que el hijo y heredero nada tenía que rascar con aquella Madame Bovary de aspecto agropecuario, decantándose para la coyunda matrimonial por la sosita y después malograda Lady Di, tan cromática ella que parecía hecha en Taiwan. Mientras la impuesta relación se deslizaba por una pendiente de guerra civil de dormitorio, Carlos entretenía su erotomanía con Camilla, para nada reacia a coronar con las astas de la ignominia a su esposo, el atribulado brigadier Parker-Bowles. Un culebrón de mucho cuidado, salpicado de cópulas de urgencia, alusiones telefónicas a la tecnología más íntima de la higiene femenina y promesas de eterno arrebato. Pero en fin; bien está lo que bien acaba, y aquella remota epifanía de enamoramiento adolescente ha quedado santificada con todas las de la ley. ¡Larga vida a Cupido y sus venenosas flechas!