Diario de León

EL BALCÓN DEL PUEBLO

Bujarrones de asco

Publicado por
JUAN F. PÉREZ CHENCHO
León

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ME CEPILLABA los dientes a primeras horas de la mañana y sentí arcadas de asco. No me las produjo ser un fumador compulsivo. Tampoco la oscura tramoya elaborada por Sir Fidia en Antibióticos. Y menos aún, el vocerío episcopal desde los púlpitos llamando a la objeción civil. No, qué va. La náusea me llegó desde una noticia horrible: han sido detenidos en varias provincias españolas cinco miembros de una red de violadores de niños. No es una red tejida por bujarrones con chicos en edad escolar. En este caso, los nudos eran mucho más repugnantes. Violaban a niños que todavía utilizan biberones y chupetes. El ministro del Interior, al dar cuenta de la desarticulación, afirmó que era el episodio más asqueroso con el que se había encontrado en su vida. El leonés José Antonio Alonso es juez desde que cumplió 24 años. No lo había visto y sufrido todo. Todavía existe degradación para el asombro. Ya lo he escrito en alguna ocasión: hay ministros en un Gobierno, y ministro del Interior. Tengo un gran respeto por el ministro del Interior, sea quien sea. Pertenezca al Gobierno de derechas o al de izquierdas. Es la figura por antonomasia. He conocido y tratado a casi todos los responsables de Interior del Gobierno de España desde la instauración democrática. Desde Martín Villa, a Rosón; desde Barrionuevo, a Corcuera; desde Rajoy, pasando por Mayor Oreja, a Ángel Acebes. Traté a todos, menos a Ángel Acebes. Y a lo que se ve, ni falta que me hizo. En la actualidad ocupa la cartera el leonés José Antonio Alonso. También he compartido con él mesa, mantel, preocupaciones y esperanzas. Rodríguez Zapatero le entregó la cartera más compleja. Y ha dado la talla. Y ha dado la talla no sólo acentuando la presión contra la banda etarra, sino desmadejando el terror islamista. Y todo ello sin dejar de mirar hacia dentro. Es la mirada más profunda. No lo hicieron sus predecesores y crecieron como hongos las mafias de traficantes de droga, armas, blanqueo de dinero y otros oscurantismos capaces de embetunar al aparato del Estado. Si a José Antonio Alonso le quedaba alguna medalla que colgarse, no en la solapa, sino en su satisfacción personal, ahí está la última operación contra los bujarrones de niños. La sociedad española lo percibe, sin duda. Por eso lo sitúa en puestos de privilegio en el hit parade gubernamental. La sensación que transmite es que estamos en buenas manos. La duda nos la ha sembrado, otra vez, la banda terrorista Eta. Los blancos de corazón suponen que, con la bomba que colocaron en el barrio de San Blas, sólo pretendieron hacer una ostentación de fuerza, no matar. Eta no quiere víctimas mortales, pero sí daños cuantiosos. El nuevo escenario no alcanzo a interpretarlo. Es normal: me faltan, como a casi todos los mortales, los datos. El que Arnaldo Otegi, acusado de pertenecer a ETA, esté en la cárcel, o que su colega Jon Salebarría haya tomado las de villadiego, aunque se ha dictado orden internacional de busca y captura, no son ánodos para enchufar. Como los que exhibieron ayer los responsables de Sir Fidia. Habían citado al comité de Antibióticos en el hotel de San Marcos. Faltó un tanto así para generar un altercado público. Pretendieron que no entrara en San Marcos nadie: ni el comité de empresa, y no sé si también los clientes.

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