Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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CATALUÑA le dio el poder a José Luis Rodríguez Zapatero, y Cataluña se lo puede quitar. Ésa es una de las primeras conclusiones del aluvión de encuestas publicadas durante los últimos dos días. Tal como se podía prever, ha calado en la sociedad la idea de que la unidad nacional está en entredicho, Zapatero ha cedido demasiado ante los nacionalismos, y su partido no ofrece los indicios de unidad que el trance de reformas territoriales requiere. Añádase a eso lo ocurrido en Ceuta y Melilla, más los traspiés anteriores y «pasa lo que pasa»: que, por primera vez, estamos en situación de empate técnico PP-PSOE. Todo esto tendrá consecuencias para el país, y no precisamente buenas. En primer lugar, por lo que supone para el Partido Popular. ¿Qué puede hacer ahora Mariano Rajoy? Si estaba metido en una operación de castigo personal al presidente, en esa línea seguirá: es la más rentable en su objetivo de desalojarlo del poder. Si estaba en una oposición radical a la reforma del Estatuto de Cataluña, ahora se radicalizará. Y, si no era previsible ningún pacto político que le diera oxígeno al gobierno, definitivamente no propiciará ningún acuerdo. Si esto significa o no que ha triunfado la línea más dura, el tiempo lo dirá. Pero, en principio, los vientos van en esa dirección. Veremos más crispación que diálogo. En segundo lugar, tenemos los estados de opinión detectados ante el Estatut. Simplificando al máximo este asunto, los resultados son: si hace un mes la sociedad catalana no estaba interesada en cambiarlo, ya se ha creado la necesidad y una gran mayoría acepta la reforma. Por el contrario, el resto de España, en una mayoría superior al sesenta por ciento, está en contra y rechaza los aspectos más polémicos, como la definición de nación, la cuestión financiera y los temidos recortes a la solidaridad. ¿Cuál es el problema? Que se enfrentan la sociedad catalana y la española; que si la redacción final satisface al conjunto de España, dejará insatisfecha a Cataluña, y viceversa. Si eso continuara así, y es muy probable, deberíamos certificar que el Estatut, lejos de beneficiar a la convivencia, la ha perjudicado. Y, si algo tuviera al final de satisfacción de la sociedad española, tendría la inversa proporción de descontento del catalanismo, con lo cual el problema continuaría igual que en el último siglo. La semana ha empezado, pues, con nubarrones todavía más intensos. Es imposible saber si estas tendencias de opinión serán ya inamovibles. Lo más triste para el presidente Zapatero es que en sólo unos días ha visto deteriorada su imagen. Rehacerla es una tarea urgente, y no sólo para él. Es urgente para todo el país, porque malamente se puede vivir con un gobierno desasistido de la mayoría de la opinión.

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