LA VELETA
En el papel de víctima
SI SE exceptúa a la junta electoral, todo anima en Cataluña a la participación en el referéndum estatutario. Y uno de los factores más estimulantes podría ser el hostigamiento que ha sufrido en Cataluña el líder popular Mariano Rajoy. Cuando un político se siente rodeado y a punto de ser zarandeado por un grupo hostil de ciudadanos, el asunto pasa a mayores, entra en el terreno de la moral política y exige esclarecimiento de responsabilidades. Pero suele suceder en política que se señale al culpable antes de que esclarezcan los hechos, y así vemos cómo el PP culpa al PSC de la cacerolada que padeció Rajoy en el mercado, mientras que desde la filas socialistas se viene a responder que quien siembra vientos recoge tempestades. Y no es eso. No siempre tiene el adversario político culpa de todo lo malo que le ocurre a un partido, ni siempre es lícito calificar acciones o actitudes escasamente democráticas como efecto directo de causas determinantes. La campaña del PP contra el estatut, desde el inicio de su gestación, relacionando además al estatut con el llamado proceso vasco de paz no debiera justificar tampoco que un grupo de jóvenes radicales o radicalizados haya intentando silenciar la voz de un líder a cuyo partido apoyaron en las últimas elecciones diez millones de votos. En toda campaña electoral hay preguntas en el aire. ¿Se puede reventar un mitin sin emplear más que el grito y el pateo? ¿Es lícito lanzar huevos a un político que intenta expresar su opinión? La respuesta cívica sería que en ningún caso debiera silenciarse la palabra, pero dada esa cierta incivilidad que se alberga en sectores minoritarios de las sociedades actuales, el límite de lo intolerable sería el empleo de la violencia, sea el lanzamiento de huevos, el zarandeo físico o la amenaza como argumento intimidante. Algún político catalán de acreditada moderación ha llegado a decir estos días, al comentar los hostigamientos padecidos por Rajoy, que el pueblo catalán tiene derecho a expresarse, lo que nadie le niega, aunque es de esperar que muchos ciudadanos, tanto de dentro como de fuera de Cataluña, se planteen el hasta dónde y el cómo debe ejercerse el derecho de expresión. De profeta jupiterino de catástrofes como el desmembramiento de España, la rendición a ETA o la traición a los muertos por la banda, Rajoy ha pasado en pocos días, involuntariamente por supuesto, a representar un cierto papel de víctima, como toda persona a la que se dificulta su derecho a expresarse, y eso podría movilizar hacia el PP algún voto de quienes, habituales votantes de ese partido, habrían considerado últimamente que, dada la tremenda ofensiva antiestatutaria, sería preferible votar a otra opción. Las tribulaciones de Rajoy no parece que vayan a restarle papeletas del «no» sino, al contrario, evitarían alguna deserción hacia el «sí».