EN BLANCO
Mirar para arriba
ENTRE TANTOS ojeadores terrestres, que han hecho imposible que muchos seres humanos que quieran compartir su vida con otros seres humanos encuentren una madriguera, es confortador que en el congreso de Starling se haya reivindicado el derecho a mirar las estrellas. En la Declaración de La Palma, que es de verdad la isla del tesoro de la unánime belleza canaria, se ha hablado de dos cosas que nunca ocupan los titulares de los periódicos y que no suelen comparecer en los telediarios: la defensa del cielo nocturno y la irrenunciable posibilidad de contemplar la luz de las estrellas. -¿Desde cuándo no ves una estrella? -le suelo preguntar a mis amigos. Se quedan un tanto absortos. En las grandes ciudades han dimitido. Una bolsa de niebla, menos variable que la otra Bolsa, a la que sí permanecen atentos, lo impide. Entre anuncios luminosos y tubos de escape, no hay forma de ver claro nada, así en la tierra como en el cielo. «Hay que torcerse el pescuezo para poder ver una estrella», dice el derruido viajante de comercio de la obra de Arthur Miller, que se murió cuando había conseguido pagar el último plazo de su nevera. Mucho antes los poetas las ponían por testigo: «Estrellas hay que saben mi cuidado». También los filósofos. El mayor de todos, Kant, dejó dicho que únicamente dos cosas le producían vértigo en sus meditaciones: la contemplación de la noche estrellada y el abismo de su conciencia. Ahora es el turismo y el ahorro energético los que se han emparejado a la astronomía en defensa del cielo, que sigue estando en el mismo sitio, aunque sea de noche. Las estrellas tendrán un bello mentir, según dice la copla, pero es mejor que ellas nos engañen en vez de los especuladores del suelo. Además es menos frecuente.