LA VELETA
Cataluña desorientada
LOS PRINCIPALES elementos de inestabilidad en Cataluña están relacionados con el universo nacionalista, que como se sabe está escindido en dos formaciones, una moderada y de centro-derecha, CiU, otra radical y de izquierdas, ERC. Y los factores convulsivos son sobre todo dos: de un lado, la coalición que ocupa la Generalitat ha de soportar las peculiaridades radicales y a veces exóticas de Esquerra Republicana, una formación asamblearia de muy difícil manejo y de una solvencia no muy acreditada. De hecho, Esquerra ya protagonizo el caso Carod y desertó del Ejecutivo catalán cuando no prosperó su propuesta estatutaria. De otro lado, Convergència i Unió, tras 23 años en el poder, no se encuentra a sí misma en la oposición, a la que ha sido condenada pese a haber sido la formación que ha obtenido más escaños en el Parlamento de Cataluña. Con su tensión interior -entre CDC y UDC, entre Mas y Duran- más inflamada que nunca, el otrora moderado catalanismo no sabe qué hacer ni dónde ubicarse. Primero, dispuesta a disputarse la piel del oso antes de cazarlo, la coalición ha escenificado una pintoresca contienda entre los partidarios de participar en el Gobierno estatal (Duran) o de no hacerlo en tanto no coincidan las mayorías en Madrid y Barcelona (Mas). Después, Artur Mas ha anunciado una propuesta para refundar el catalanismo político mediante un «rearme moral y nacional» y auspiciando la apertura del espectro a diestra y siniestra, como ha hecho aparatosamente Sarkozy en Francia. En el entretanto, el venerable Jordi Pujol, portador aún de toda la autoridad moral que le confieren su prestigio y su biografía, anda también desorientado, visiblemente nervioso por las contrariedades de sus epígonos y acumulando desaciertos: desde postular a un hijo suyo para la presidencia de la Generalitat hasta amenazar con el boicot fiscal de Cataluña frente al Estado si el Gobierno no aporta suficientes inversiones. Este doble vector nacionalista, entrelazado con el binomio natural derecha-izquierda, genera una persistente confusión, acrecentada por las consecuencias de una rivalidad constante entre dos partidos que lógicamente se disputan la misma, o casi la misma, clientela. Y este forcejeo genera una apelación cada vez más descarada al victimismo que enrarece la vida pública, expulsa a los ciudadanos de la política, genera abstención y derrama sórdidos presagios sobre el futuro. Urge, en fin, transformar este nacionalismo reivindicativo y rampante en un catalanismo constructivo, humanista, solidario y cooperativo. Porque no se puede plantear un modelo de convivencia sobre la reclamación permanente. Lo razonable es que, una vez conseguidas las muchas herramientas del autogobierno que proporciona el nuevo Estatuto, Cataluña se ponga a producir sus propios recursos, que son los que fundamentalmente deberán abastecer sus presupuestos públicos. Porque, a fin de cuentas, y según el principio de subsidiaridad que ya rige en nuestro Estado de las autonomías, las comunidades autónomas ya recaudan, directa o indirectamente, la mayor parte de los caudales de que pueden disponer, en tanto las partidas que gestiona el Gobierno de la nación se dirigen a sufragar gastos generales, grandes infraestructuras suprautonómicas, y a desempeñar funciones de compensación y equilibrio interterritorial. Recordaba Ruiz-Gallardón recientemente que las infraestructuras metropolitanas de Madrid, y en concreto las gigantescas circunvalaciones, las han sufragado en exclusiva los madrileños con sus disponibilidades presupuestarias ordinarias y recurriendo al endeudamiento cuando ha sido preciso. Quizá, en fin, lo que ha faltado estos lustros pasados en Cataluña no han sido inversiones llegadas desde fuera sino buena administración, audacia para proyectar y valentía para invertir. Y estos déficit no se remediarán apelando una vez más a las ubres de mamá Estado. 1397124194