EN BLANCO
Amsterdam
ASEGURAN los expertos en esa difusa ciencia dedicada a valorar los parámetros del bienestar, que el grado de habitabilidad de un país no se mide por el conjunto de la renta, sino atendiendo al número de bicicletas «per cápita». Y en eso, la capital holandesa se lleva la palma. Así que si uno está hasta el gorro de Rajoy, Zapatero, las separaciones reales y demás zarandajas, nada mejor que marchar cuatro o cinco días a paladear los aires de cultura que siempre han sido el principal signo distintivo de la vieja Europa. Uno de sus corazones históricos es Amsterdam, la Venecia del norte, distinguida por una serie de guiños monumentales capaces de rivalizar con los grandes iconos de París o Londres. Pero su principal emblema es la tolerancia. Frente a las puñeterías gubernamentales hispanas, allí se fuma en casi todos los sitios. Y si usted disfruta con la práctica del porreo, no hay problema: se lo venden empaquetado en los cafés pertinentes. Los gatos de la casa campan a sus anchas por los restaurantes, saltando del regazo de un comensal a otro sin que nadie aspaviente ante semejante artimaña felina. Los cuadros de los museos aclaran tan seductora mentalidad, pues mientras otros países -con España a la cabeza- se desgastaban en absurdas guerras de religión, los holandeses se dedicaban a trabajar y comerciar. ¿Qué se puede decir de una ciudad que presume de un barrio rojo donde las mujeres se exhiben en los escaparates, más ligeras de ropa que Gandhi? Y tienes el canal al lado para refrescarte, por si la tensión de la libido se te hace insoportable. Piensan en todo.