TRIBUNA
Lisboa, la de la cumbre
LA CAPITAL del país luso ha sido hace algunos días foco de observadoras, amplias y mundiales miradas, no precisamente gracias al transitorio resplandor de su iluminación navideña, atractiva como el acordeón que oficia en la noche vigilante de los marineros, sino porque Lisboa, la de los rancios tranvías de Alfama que a diario se resisten al aroma de la pérdida, o la de la guardiana Torre de Belén, con las campanas de los Jerónimos volteando ha llamado a concejo a más de setenta y cinco países europeos y africanos. Y todos han acudido con puntualidad, aunque la presencia de alguno no fuese del agrado de muchos. De ahí que la canciller alemana Ángela Merkel, sin pelos en la lengua, sacase al aire su repudio al maléfico presidente de Zimbabue, Robert Mugabe. En fin, quiero decir que la ciudad del gran Fernando Pessoa, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro o Ricardo Reis, que da igual, durante esta segunda cumbre euroafricana estuvo más movida de lo habitual, pues hay que ver cómo rodaban y en qué cochazos por ella nada menos que ilustres notoriedades como Zapatero, Sarkozy o el mismísimo Gadafi, quien se amistó mucho con el francés y fue invitado por éste a dar unos paseos por la tierra gala. Claro que Sarkozy también estuvo atento con nuestro presidente, incluso irreprochable, tremendamente irreprochable. ¿Pues que otra cosa puede afirmarse de sus conversaciones para reforzar la cooperación contra la sanguinaria y extorsionadora ETA? Total, que Lisboa, tan ligada a «Zeca» Afonso, el estupendo cantautor que nos ha dejado a todos un excepcional legado de integridad, la de las buganvillas enfervorizadas en pleno mes de diciembre, al menos en estas fechas tan cercanas, sonaba y consonaba, y Zapatero aparte, era un hervidero de españoles enganchados con lusitano afán al puente de la Constitución. Nada, nada a cualquier sitio que ibas te topabas con compatriotas de arriba, de abajo, del este, del oeste y del centro. Digamos que como ríos desembocábamos en el mismo mar, ya fuese el bullicioso mar nocturno de los fados, es decir del Barrio Alto, o de Alfama, o de los monumentos decentes, o de los sabrosos pasteles de Belén, o del vino verde, o del ginjinha, ese licor suave de cereza, que sabe bien, pero no tanto como casi toda nuestra licorería basada en el aguardiente y su corta parentela con las frutas y las hierbas por medio. Pero retornando sobre el fado (Amalia Rodrigues entra en los arrabales sin sueño con su «máquina de coser tristezas»), esa hermosa canción o poema cantado que traspasa el alma con su quejido amoroso, emigrante o de triste pensamiento, tal los escuchados en el citado Barrio Alto en el restaurante Canto de Camoes, o en aquel otro cercano, pero de humildísima condición, donde previo a la intervención de los fadistas «oficiales» una mujer, presumiblemente la cocinera, tal personaje de Pedro Almodóvar, sale del fogón con su bata de tela a rayas blancas y azules y sus zapatillas y se pone a cantar con idéntica saudade o dolorido acento. Sin duda escenas como ésta se nos graban, se nos tatúan y no se escaparán ya nunca de nuestra caja de los recuerdos. Sin embargo, algo más ha de contarse de la ciudad del Sporting Clube de Portugal y del laureado Benfica con aire español. Se trata de la presencia del BBVA y sobre todo de la tentacular del Santander Centra Hispano, llamado aquí Santander Totta. Que vamos, que en el caso libretario o tarjetario parece que una no ha salido de España. Eso sin olvidar los muy conocidos rótulos de la viajera Halcón, Zara y algunos más, estratégicamente situados. Pero todo esto no nos moviliza tan dulcemente el corazón como la presencia en plena calle de los asadores de castañas, que ahí sí que parece que los de aquí seguimos en casa, aunque con matices. Pues los asadores portugueses le ponen un crepitante tinte blanquecino a las mismas, fruto de los puñados de sal que les echan cuando están en pleno auge asador. Y están bien, saben bien, pero no tan bien como las de los magostos bercianos o las de los urbanos asadores callejeros. Mas en cualquier caso con unas u otras durante unas horas abastecidos quedamos de hidratos de carbono, potasio, fósforo, vitaminas y un sin fin de bondades. Por lo demás, Lisboa, en estos días comentados de diciembre, a las dos de la madrugada divinamente en las terrazas de la rua Augusta o de Garret. Para repetir. Vamos. Mientras tanto a intercambiar fotos y risas, queridos amigos, sin desgajar en ningún caso los recuerdos. Vale.