Diario de León
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VICENTE PUEYO
León

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¿SABEN ustedes eso de «Virgencita que me quede como estoy»? Pues llega a pensarlo uno en este inmenso páramo exportador de sitio llamado, para entendernos, y para desentendernos, Castilla y León. Arrastramos muchas carencias y no puede decirse que seamos la locomotora del país, pero al menos aquí no es tan espesa la esquizofrenia que arrastran otras zonas aquejadas de esa peste nacionalista que, cual ogro insaciable, necesita un enemigo para desayunar, otro para almorzar y otro para cenar. Al hilo de esto: no vean la que se ha liado desde que al bueno de Manuel Chaves se le ocurrió plantear la iniciativa de que en las escuelas oficiales de idiomas de Andalucía puedan ofrecer enseñanzas de euskera, catalán y gallego. Uno había creído, ingenuamente sin duda, que las escuelas de idiomas estaban para eso, para enseñar idiomas. Y estaba persuadido de que las lenguas, precioso don, se habían inventado para unir, para entenderse, para comprender el mundo propio y el del vecino. Pero no, desengáñense, la experiencia de los últimos años en esta Península de nuestros pecados y contradicciones, ha demostrado que las lenguas pueden ser sinónimo de garrotes, santos griales de las cavernas en las que está vedado el paso al que no tiene el pedigrí necesario para ser incluido en la nómina de la tribu. En un ejercicio de estupidez y deslealtad miserable con el futuro, cuyos frutos recogerán los que viene detrás, aquí hemos perdido hace tiempo el tren de la sensatez y nos hemos dedicado a arrojarnos a la cabeza, lo más esencial de nuestra cultura común: nuestras lenguas. Hace ya algo así como 30 años, coincidiendo, creo, con las discusiones civilizadas que desembocarían en nuestra aún vigente Constitución, uno (perdón), cual Simeón estilita predicando al vacío absoluto, ya planteó por escrito la absurda y revolucionaria idea de que, siendo parte tan fundamental de nuestro patrimonio, por qué, junto al castellano o español, no se incluía el estudio de las lenguas españolas (catalán, euskera, gallego¿) en la enseñanza reglada. Teniendo en cuenta que el horario lectivo no es infinito, los escolares no iban a conseguir unos conocimientos exhaustivos de las mismas pero sí se contribuiría a algo importante: la interiorización de que todas las lenguas de España son nuestras lenguas. Quizá, a pesar de todo, siguieran pululando conceptos deleznables como catalanofobia o castellanofobia, pero probablemente serían realidades residuales y con fecha de caducidad a corto plazo. Probablemente, siguiendo con esta visión que hoy casi sonroja exponer, ese acercamiento desde la escuela hubiera permitido asumir con naturalidad que la lengua materna de los catalanes es el catalán y tienen todo el derecho a utilizarla y promocionarla. Y con la misma naturalidad se podría defender la realidad de que, si disponemos de una herramienta tan preciosa como una lengua común que nos permite entendernos desde Finisterre al Cabo de Creus y desde allí hasta Tarifa, es radicalmente insensato, ponerle obstáculos y restringir su uso. Si en una Babel apareciera de pronto el milagro de un esperanto, ¿no sería juicioso valerse de él para la vida? Pues ya existe ese esperanto. ¿Habrá que decir algún día que existía ?

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