Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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DICE MONTILLA que de Alfonso Guerra «ya no se acuerda nadie». Lo ha dicho por las críticas de este viejo zorro del socialismo a la estrategia irresponsable con que el PSC está negociando su apoyo a los presupuestos del Estado. Pues bien, yo si me acuerdo. Comí con él en León, con motivo de la repatriación de las cenizas de Félix Gordón Ordás. Como ya escribí con motivo de aquel acto, siempre me había parecido un hombre al que le perdía su afán de hacer gracias mordaces, cuando no crueles, favorecido por su gracejo andaluz. Pero me bastó un rato, una reunión distendida, para darme cuenta que aquella imagen era sólo la armadura, no el hombre dentro de ella. Es brillante, culto, humano y con un gran sentido patriótico de la política. Desde entonces, he seguido con más interés sus declaraciones, y aunque no siempre las comparto, ahora voy más allá de las trampas del personaje que ha creado. Cuando escucho al Guerra reflexivo, no dogmático, ni demagogo, siempre me interesan sus argumentaciones, pues habla desde una intensa experiencia acumulada. Luego, yo sí me acuerdo. Y para bien. Montilla tiene todavía que bailar muchas sardanas para aproximársele. Los nacionalistas, de derechas o de izquierdas, no logran ir más allá del qué hay de lo mío. El ex vicepresidente tiene razón al exigir al PSC una mirada más solidaria. «Se es socialista, o no se es», clamó con lógica. Se equivoca, en cambio, al justificar su protesta en hipotéticos beneficios electorales para la derecha, como si esta fuese el peligro al que hay que temer. Mientras tanto, los españoles esperamos de los políticos, ya que no el milagro para salir de la crisis, sí la ejemplaridad del esfuerzo conjunto, más allá de siglas, estrategias partidistas y demás variantes de marear la perdiz.

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