TRIBUNA
Coprocracia
MI DEMONIO meridiano me agarró hoy por el pescuezo y me susurró lentamente al oído una verdad evidente porque es un dato de los sentidos. Me dijo: -¡Qué peste! ¿Es que no ves, es que no escuchas lo mal que huele? Por un momento me quedé algo perplejo, pero enseguida comprendí. El mal olor no pertenece sólo al sentido del olfato; se huele con la vista, el oído, el tacto y la inteligencia. Y el poder -añadió- tiene su mejor expresión en la coprocracia No se asuste señora. Esta palabra es invento de mi demonio para nombrar algo en lo que usted, que es muy perspicaz, ha reparado ya. Se trata del poder que tiene la mierda (¡con perdón!) dentro de nuestro pequeño mundo. Lo mismo que democracia significa el poder del demos o pueblo, copros como usted sabe, significa eso: caca. Alguna vez he hablado de ello pero ahora no mire alrededor porque le dirán con desprecio: -La que primero lo huele, debajo de las faldas lo tiene. Ya puede imaginar que no me refiero a ese significado primario de la palabra que suele especificarse con una repetición y se refiere al excremento. Si mira usted la publicidad de la tele verá cuántos anuncios de perfumes y desodorantes, jabones, detergentes y suavizantes le aseguran buenos olores para su casa y su persona. Pero esa huida actual hacia los «buenos olores» significa que los miasmas y los olores hediondos nos han asaltado de forma segura y quizá definitiva. Quiero decir que el poder, al mismo tiempo que nos asegura una liberación de los malos olores, nos llena de otros malos olores que no actúan sobre la nariz. Usted lo sabe pero no lo percibe con suficiente disgusto. Es como la música celestial. Las estrellas emiten su melodía pero estamos tan acostumbrados a ella que no la oímos. El antipitágoras en cambio dice: -La realidad emite mal olor, intenso y pestilente. Desgraciadamente nuestro olfato moral se ha acostumbrado y no lo percibimos. Por eso aguanta usted esas tardes de televisión que en programas de mierda, airean y revuelven el estercolero en el centro de su hogar. Y no tiene usted fuerza, no ya para tirar el aparato por la ventana, sino para pulsar ese botón que tanto se parece a la exclamación que hacemos cuando un cuesco podrido e irreverente irrumpe en nuestra atmósfera: off! Púlselo y verá qué liberada se siente. Ya sé que a usted le disgusta el lenguaje aparentemente escatológico. Es que se ha producido una inversión de los sentidos; nos molesta más el nombre que la propia mierda. Repare sin embargo, como le digo, en que el aire está lleno de mierdas hertzianas pestilentes que infectan el ambiente más íntimo de su casa. Películas de violencia estúpida, gratuita, cerril, bestial y de deficientes para deficientes mentales. Espectáculos de moda degradantes para las perchas supuestamente más femeninas y más hermosas que se empeñan en ser objetos con andares desnaturalizados. Tertulias estresantes sobre crímenes, indecencias, guarrerías sin cuento, matrimonios desmatrimoniados, divorcios y nuevos amores, mariconerías de todo tipo, encuestas descerebradas en la calle, crímenes que se han dado en llamar criminalmente «de género», conductas secretas y escandalosas de los famosos (políticos, artistas o simplemente descerebrados) que salen a la luz, incitación a la compra / venta de lo más íntimo que debería ser lo más secreto, empujones al abismo del consumo, banalización de los sentimientos humanos, invitación al voyeurismo, a contemplar conductas pornográficas. Risa, burla y zacapella en torno a lo que, para otros, es sagrado; idioma grosero, descompuesto, en alardes indecentes de imaginación, espectáculos sangrientos de toreo, crímenes y aberraciones sexuales, parricidios, robos, espectáculos de sangre y casquería, regodeo en la exhibición de toda clase de pústulas morales infectas e infecciosas, música brutal de conjuntos espectacularmente imbéciles¿ que triunfan¿ etcétera, etcétera. Nada de esto se siente como materia fecal, carroña putrefacta que despide miasmas. Todo tiene un decorado brillante y selecto, todo está perfectamente desodorizado porque se sirve en imágenes y voz. Y los pedorros tertulianos hablan con tanta prosopopeya¿ Pero el que huele con los ojos y con los oídos además de la nariz, conoce a fondo la pestilencia. Depuran las aguas, depuran los ríos e infectan el aire y el mar. Los ministros de Interior se encargan de las cloacas y de que estas no molesten al ciudadano que ya tiene bastante con lo que tiene en casa. Los nacionalismos se constituyen bajo principios odoríferos («los españoles son sucios y huelen mal» S. Arana dixit y Pixi que decía la otra). El papa pide perdón cuando levantan las faldas de sus curas y obispos pederastas pestilentes. El Gobierno mira a otra parte y miente sobre todo lo que huele mal. El Gobierno autoriza y ve con buenos ojos todo lo que la prensa llamada libre hace y dice. La oposición grita lo mal que huele todo lo que el gobierno hace o dice. ¡Asqueroso! ¡Y ahora, la economía de la que una novia gallega que tuve, se burlaba con un pareado que decía: «No hay mejor economía / que la de la cona mía! Tenemos para Rato. Sabíamos de negocios malolientes y de contratos blindados en la banca. Lo que no sabíamos era que tendríamos que recoger y reciclar con nuestro dinero toda la materia fecal que nos dejarían en herencia (las famosas hipotecas no se llaman casualmente «basura»). Fíjese. Echan la culpa a las hipotecas y no a los mangantes responsables de las mismas¿ o de las miasmas, que ya no sé. Al contrario. El poder les sirve papel higiénico y desodorantes en forma de cantidades astronómicas de nuestro papel moneda. Coprocracia. Es el Poder con mayúscula. Si alguien quiere subir a cualquier puesto de poder (observe que no hablo de subir a una cruz, como aquel pobrecito que se bajó del burro y se subió dulcemente a su cruz), primero tendrá que subirse a un burro, sí (un partido, un grupo económico, una sociedad, una institución etcétera) y luego pasar el examen de la coprocracia, que husmeará en su vida privada más secreta, en su miseria personal, en aquellas facetas de su vida que pudieran tener en la publicidad su puntito de escándalo, y seguramente, encontrará para gozo de todos su pizca de materia fecal maloliente. Señora. Esto es serio. En lo más íntimo de su casa el poder real ha instalado letrinas infectas. Espabile, que no sólo se huele con la nariz sino con los ojos y los oídos.