Los aplausos
Al trasluz | eduardo aguirre
Lo s mítines ya no son lo que eran, porque se ha devaluado el aplauso. Y la culpa la tienen los programas de televisión y sus ovaciones enlatadas u orquestadas. Entra Obama en el plató, aplausos y vivas. Le sigue Paquirrín como el siguiente invitado, las mismas o más aclamaciones, sin haber cambiado de público. Y ambos son dos pesos pesados, si bien en materias diferentes, pero es que después, aparece Belén Esteban y los vítores se convierten en delirio wagneriano. Antes, el público asistente, siguiendo sus preferencias e instintos primarios, podía aplaudir o atizar una pedrada, pero, fuese como fuese, era un acto espontáneo.
Ahora, todo resulta ficticio, pues el regidor impone no ya sólo cuándo debe aplaudirse, sino en qué momento ha de hacerse la ola. Y todo este artificio ha contagiado al noble arte del mitin. Aunque parezca mentira, hubo un tiempo en que los mítines se daban para intentar convencer a los no convencidos, ahora parecen galas de Operación Triunfo, donde el abucheo se lo llevará quien se le ocurra citar a Ortega, y no me refiero al torero. Sí, nos han devaluado el aplauso, al convertirlo en parte de los efectos especiales. Vivimos rodeados de ovaciones prefabricadas, y a eso lo llaman marketing. Servidor, quiere aplaudir a Fulano y abuchear a Mengano, en el mismo mitin. Pero ya no se puede, ahora hay que hacerlo a todo el que salga y te manden, como en «Sálvame». Por tanto, me limitaré a ejercer mi derecho al voto, así, sin más, y reservaré mis aplausos para cuando me cruce con Eva Mendes por Ordoño, o el Real Madrid gané otra liga. Quizá en las corridas de toros sea donde el aplauso del respetable siga aún reflejando su verdadero criterio y sentir, sin manipulaciones; lástima que uno no sea taurino. Casi todo lo demás es atrezzo.