Diario de León
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Nubes y claros | María J. Muñiz

Ya sé que cualquier excusa es buena para que quienes gobiernan y quienes les plantan oposición se tiren los trastos a la cabeza, pero el rifi-rafe permanente acaba agotando. No a los contrincantes políticos, pero sí al ciudadano o ciudadana que se ve atacado desde cualquier esquina informativa con cualquier crítica más o menos peregrina o justificada de cualquier actuación en cualquier momento del año, casi del día.

Llegan las fiestas de San Juan, y en la hoguera municipal se afilan espadas para escudriñar el programa festivo a ver dónde hacer sangre. No hay tiovivo, charanga, novedad o tradición que pase el filtro del consenso. Qué tiene esta ciudad (sus instituciones, más bien) que ni para divertirse logra un mínimo acuerdo.

No hay circo, payaso, cabezudo, cantante, caballito o fuego artificial que resista el fuego cruzado entre las formaciones políticas, empeñadas como están en ni disfrutar las fiestas ni dejar que las disfrutemos los demás.

Reconozco que no es fácil pergeñar un programa festivo de San Juan que sea realmente atractivo en este León que reniega hasta de sus fastos patronales. Que el que quiere toros no quiere ruidos, el que suspira por las hogueras refunfuña de los feriantes, el que aspira a comer en las casetas bufa a los pasacalles.

Poca originalidad en la programación y poco entusiasmo en la ciudadanía hacen complicado el éxito a priori. Cuando hay dinero se critica el derroche, cuando el presupuesto es raquítico se censura la racanería. Nunca llueve a gusto de todos.

Durante años me he hartado de oir que San Juan no es en realidad nuestra fiesta. ¿Y cuál es? ¿Es que depende del santo en cuestión la capacidad de ilusionarse y divertirse de una ciudad? Quizá deberíamos aceptar que la fiesta, la diversión, el ambiente, está únicamente en manos de quien le pone ganas. Y de eso somos bastante rácanos aquí. San Juan debe estar hasta las narices de gente tan rancia.

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