Gran prodigio
Al trasluz | eduardo aguirre
Acaban de confirmar que dos piezas musicales, hasta ahora anónimas, fueron creadas por Mozart cuando tenía siete años. En vez de perder el tiempo con los teletubbies, como los niños del XVIII, él se dedicaba a componer obras que también hoy son una prueba gimnástica para los dedos más virtuosos. Nadie debería destacar en la vida antes de saber que los reyes magos son los padres, pero la genialidad tiene su propio sentido del ritmo. Como si barruntase que sólo iba a vivir 35 años, Mozart no se anduvo con rodeos y ya sacó agradables sonidos de viento al mamar del pecho materno. A los cinco años tocaba ante la realeza europea. La película «Amadeus», buen espectáculo cinematográfico, distorsionaba la realidad al presentarnos su virtuosismo como resultado de una caprichosa facilidad, frente a quienes crean mediante el esfuerzo. Rimbaud revolucionó la historia de la poesía, pero lo hizo siendo un adolescente, que resulta menos humillante para los colegas. La música está estrechamente relacionada con el pensamiento matemático, como el ajedrez, y tiene una parcela neuronal específica en el cerebro, según subes a mano derecha, y luego todo recto; hay numerosos niños prodigio en estas disciplinas, mientras no los conozco novelistas o pintores. Pero Mozart rompe los moldes de lo extraordinario, aunque su verdadero portento fue mucho más allá de la facilidad y precocidad, aunque nos fascinen. Cada infancia es un prodigio en sí misma, milagro que pasa como un cometa de inocencia, misteriosa sabiduría fugaz. «Papi, ¿si me como todos los cereales podré matricularme en los cursos de verano de la Nasa?». Criaturita. ¿Y qué podrías contestarle a un hijo así, salvo asentir y pedirle que, si no es mucha molestia, antes de acostarse, te haga la declaración de la renta?