Diario de León
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El rincón | manuel alcántara

Los españoles, unos con otros, nos habíamos acostumbrado a vivir por encima de nuestras posibilidades, ya que ignorábamos cuáles eran éstas. Durante años mostramos una admirable disposición para adaptarnos a vivir con más. Nos aclimatamos todos a los buenos tiempos, sin sospechar que suelen preceder a los malos, que nunca faltan, aunque a veces se retrasen. Ahora han cambiado las tornas, aunque el entorno sea inalterable. No es que nos prometan «sangre, sudor y lágrimas», ya que en esa trilogía se excluye habitualmente el sudor, porque lo que más escasea es el trabajo. La consecuencia del parloteo parlamentario es que hay que disponerse a pasarlo peor durante una larga temporada. Nos dicen que lo más malo de la crisis ha pasado ya, pero a la vez nos aseguran que lo más grave tardará en ausentarse. Las recetas de los efímeros líderes políticos son contradictorias. Hay quien cree que la solución es subir los impuestos y otros opinan que lo adecuado sería disminuirlos. Quizá lleven razón los dos, pero debieran establecer un turno de soluciones. Lo que tiene claro la gente de la calle, que somos todos menos los que aconsejan desde sus despachos a los transeúntes, es que tenemos que ser todos más austeros, o sea, a ver cómo nos las arreglamos para soportar una subida de golpe de la presión fiscal de un cinco por ciento. El cinco por ciento es una barbaridad. Ojalá se pudiera aplicar al coeficiente mental de nuestros gobernantes.

La presión fiscal es, en fin, uno de los seudónimos de la palabra ruina.

No es igual para todos, pero es idéntica para algunos. ¿Qué es lo necesario para subsistir? ¿Lo que necesita el camello? Hay que tener en cuenta que los camellos ni beben ginebra ni pagan el Impuesto sobre el Valor Añadido.

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