Doña Telmina
En blanco | javier tomé
Aseguran ciertos radicales que resulta difícil, casi imposible, que el idealismo y el juego limpio vuelvan a formar parte de los asuntos públicos en España. Y ponen como ejemplo la sangrante contratación de Telma Ortiz, conocida entre sus íntimos como doña Telmina, por parte del Ayuntamiento de Barcelona. El cometido de esta mujer considerada una de las mentes más brillantes del país, después de doña Rogelia, es dirigir los proyectos de Relaciones Internacionales del Consistorio catalán, encargándose principalmente de fortalecer los vínculos con Asia y el Pacífico. Un cargo creado a dedo para la hermana de nuestra futura reina, aunque según la versión municipal se cumplieron todos los protocolos que justifican un contrato por el que percibirá anualmente una cantidad superior a los nueve millones de las antiguas pesetas. ¡Coñe!
Los malpensados creen estar ante un caso palmario de nepotismo por intermediación de terceros, cuestionando de paso su pedigrí para ocupar una plaza de tenedor libre. Pero desconocen que se trata de la persona idónea para tantear el mercado amarillo, pues doña Telmina vio de niña todas las películas de Fu-Manchú. Y las entendía, cosa que tiene enorme mérito. Su historia íntima es, además, todo un best seller de superación personal. Ya saben que tiempo atrás logró sentar en el banquillo a medio centenar de medios de comunicación, en un intento de reclamar su derecho a llevar una vida privada. Al parecer, el cotilleo empezaba a abrir brecha en el entorno familiar, hasta el punto de considerarse sacrificada en el altar del sensacionalismo.
El caso es que perdió el juicio y fue condenada a pagar 18.000 euros de costas, cantidad que ahora abonará el Ayuntamiento. Una gentileza que, si tenemos en cuenta la que está cayendo, es como para que los barceloneses se pongan a ganchillar un chal de invierno.