Diario de León

la opinión del lector

Hace ya 50 años

Publicado por
César Merayo Vidal. (Director Jesuitas)
León

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El 19 de octubre de 1959, hace hoy 50 años, llegan al colegio Jesuitas de León los primeros alumnos. Eran internos procedentes del colegio-seminario de Carrión de los Condes (Palencia). Comenzaron 197, luego llegaron algunos más hasta alcanzar el número de 273, y estaban atendidos por una comunidad de 38 jesuitas. El 17 de agosto de 1957, dos años antes de su inauguración, se había colocado la primera piedra de lo que iba a ser el colegio Sagrado Corazón, de los Jesuitas. Por entonces, el colegio se encontraba en un paraje aislado y solitario a más de un kilómetro de la ciudad de León y próximo a la población de Nava. De hecho, a la altura del actual centro de salud de La Palomera, terminaba León. Una chimenea escupía volutas de humo en este paisaje, más bucólico que idílico. Algunas veces el humo era blanco; otras de color negro, y siempre subía al cielo azul o plomizo lentamente, como con pereza. Era el tren de vía estrecha, camino de Matallana, de La Robla, o de Bilbao. La locomotora, con los vagones a sus espaldas, avanzaba orgullosa sobre su calzada de hierro, y siempre saludaba a los lugareños con varios pitidos armoniosos y cómplices. Para ir o venir de la ciudad había que realizar el trayecto por un camino tortuoso de tierra y ceniza, cuando no era de barro, conocido como el «Camino del Cuco». Ahora se llama calle de los Jesuitas. No existía la carretera de circunvalación. Saliendo del Colegio y camino de Nava, pero antes de cruzar la vía, se encontraban los terrenos que formaban parte de la vaquería del colegio, encontrándose las cuadras y sus anexos más al fondo, al otro lado de lo que ahora es la carretera de circunvalación. ¡Quién lo iba a decir! Era el centro de abastecimiento de carne y leche para los internos y la comunidad de los jesuitas. El encargado de esta vaquería era un jesuita muy peculiar, el H. Arrieta, enjuto como un don Quijote y trabajador infatigable, de esa saga de vascos universales que de su trabajo hacen una vocación. En 1959, el colegio, de color blanco y rojo y un tejado a modo de sombrero de color verde, era un edificio altivo, por su corpulencia y altura; un edificio solitario, pues solamente se había construido el colegio, el edificio principal. Bueno, en realidad no estaba solo, tenía una admiradora, que todas las mañanas, de una forma discreta, inmóvil y atenta, lo contemplaba abrazada por las enredaderas. Era, y es, la Virgen de la Gruta. ¿El colegio por dentro? Más o menos como ahora. En la planta baja: la cocina, el comedor, la administración, despachos y el salón de actos, que también se utilizaba como sala de cine. En el primer piso: las aulas, la biblioteca, la sala de juegos de los internos y la capilla, donde se encuentra ahora 3º de Ed. Infantil. En el segundo piso: las camarillas, es decir los dormitorios de los internos. En el tercer piso la comunidad; y en el ático los dormitorios individuales, para los mayores, los de Preu. Ahora hablemos de los alumnos. Al principio, todos éramos internos. El sonido de un silbato y luego una música de fondo hacía que esos muchachos fueran abriendo los ojos debajo de las sábanas blancas a las 7,30 de la mañana. Ducha, desayuno y misa. Luego, clase. La comida, descanso (jugar en los patios), estudio voluntario y clase. Merienda, descanso y estudio. Cena. Estudio voluntario o sala de juegos. Y a dormir. Al final de cada trimestre -y sólo en las vacaciones de cada trimestre- a casa, con la familia. El internado duró hasta 1976. Aunque en sus comienzos sólo había internos, enseguida comenzó a haber alumnos mediopensionistas y externos venidos de la ciudad. Venían en autobuses color plata de la Empresa Fernández, conocidos coloquialmente como «potas» que transportaban a más de 80 alumnos cada uno. Luego fueron mejorando, grandes aunque más pequeños que las «potas», los «dromedarios». Año 1980. Algo ha cambiado. Hay niñas en las clases. El colegio es mixto. Eso sí, al principio había sólo 3 ó 4 niñas por clase; pero no eran clases como las de ahora, cada una tenía más de 40 alumnos. En esos años el colegio llegó a tener más de 1.300 alumnos, y no había Bachillerato. Y por último, un recuerdo para los profesores. Al principio eran todos jesuitas. Entonces, ya había uniforme de profesores, todos iban de sotana. Según han ido pasando las décadas se ha ido incrementado el número de profesores seglares y disminuyendo el número de jesuitas, pero todos con un mismo objetivo: «formar hombres y mujeres para los demás». Hoy, el colegio, vestido de gala, compañero de estas jóvenes facultades que conforman la Universidad y del recién nacido Centro de Alto Rendimiento cumple medio siglo. Los alumnos de este año somos 1.109; los profesores seglares, 70; la comunidad de jesuitas consta de 6. Y en el ánimo de todos, continuar, al menos cincuenta años más al servicio de León y sus gentes.

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