Diario de León
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Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

ESCRITOR

E l intento de implantar en Castilla y León una supercaja de ahorros (que sería sexta de rango nacional), como resultado de la fusión de Caja España, Caja Duero y Caja Burgos, suena a reclamo publicitario de «tres por una», émulo literario de «todas para una y una para todos» o arenga patriótica de «una, grande y...(no digo «libre», por tener que ajustarse a una exigencia preestablecida). La cosa parece que está decidida y en avanzado estado de gestación, con la supervisión del Banco de España, que ha de consagrar la criatura. Todo sea, se justifica, con el propósito de crear un ente financiero de poderoso músculo para soportar por sí mismo las necesidades crediticias de la Comunidad, blindándola así a la intromisión de «fuerzas extrañas» venidas de fuera. Es sabido que la unión hace la fuerza, exceptuando cuando es entre dos, que entonces debilita.

Lo curioso del caso, es que quienes están obsesionados en ello, más que Franco en la caza de masones, limitan la fusión o integración exclusivamente al espacio c omunitario propio. Curioso y paradójico, pues son los mismos que nos tildan de trasnochados nacionalistas a quienes defendemos en el orden autonómico una comunidad retraída a lo genuinamente leonés. Claro es, que, por loable «patriotismo» entendemos siempre el sentimiento amoroso de lo propio, y por reprobable «nacionalismo» el que otros sienten por el suyo.

En esto de fundir Cajas, bien con exclusivo engarce interno o con ventanas al exterior, hay una verdadero enramado de confusión en el que acabas más perdido que el «Che» en la selva boliviana. A saber. Doña Isabel Carrasco (a la sazón, presidenta de la Diputación Provincial de León, entendida en cuentas y con incontable álbum de fotos, si colecciona todas las que diariamente le rinden los medios) defiende con ahínco la regionalidad de la Caja en ciernes, junto al presidente de la Comunidad, Juan Vicente Herrera, que la echó del Gobierno cuando ascendió a la presidencia. Pero la señora Carrasco choca en esto con el señor Montoro, ex ministro de Hacienda y coordinador de Economía del PP, por criticar de provincialismo y corta de miras la postura exclusivista de su compañera de partido. Y choca, por la misma razón, con otro prohombre del PP, el alcalde de Valladolid, señor León de la Riva; quien, dicho sea de paso, por esta vez coincide con el alcalde de León, señor Fernández, militante del adversario PSOE. ¿Entienden algo ustedes?, porque yo no entiendo nada.

Centrándonos ahora en la pugna de Isabel y Fernández (el espíritu de unión impera). Isabel reprocha a Fernández que coincida con Montoro y «esté mareando constantemente la perdiz con argumentos que no tienen ni pies ni cabeza». O sea, lo contrario de lo que le sucede a la Com unidad de Castilla y León, con un cabezón muy grande por lo mucho que abarca (aunque no discurra), y no menor pinrel por lo mucho que gasta (aunque nada progrese). No deja de ser curioso el paralelismo de esta pareja de reyezuelos locales con otra de mayor talla (física): la presidenta y el alcalde de Madrid, en feroz enfrentamiento por el gobierno de Caja Madrid y otras miras e inmortalizados en la copla: «Al alcalde Gallardón dos hembras le son aviesas, una tal doña Esperanza y otra tal que es baronesa». Pese a que se dice que el proyecto está muy avanzado si bien difícilmente se cerrará el 10 de noviembre, fecha tope impuesta por el Banco de España , la fusión o integración de las tres Cajas tiene problemas de difícil solución. Hay que resolver el aspecto laboral que conlleva el cierre de más de trescientas oficinas y la baja incentivada de 1.400 empleados. ¿Cómo van a afrontar ese compromiso económico unas Cajas de las que se sospecha, sino de todas, al menos de alguna de ellas, importante falta de liquidez y ahogadas en morosidad por haber concedido alegremente créditos de imposible recuperación? Se dice que en este proceso de fusión las tres Cajas «han derrochado altas dosis de esfuerzo, trabajo y sacrificio». No lo dudo, señor Llamas, pero tampoco dudo que se haya derrochado el dinero de los ahorradores en otros activos más que dudosos; o financiando por injerencias políticas empresas harto arriesgadas.

Luego está el problema de elegir presidente, poner nombre a la nueva criatura y fijar la sede o sedes, con tres aldeanismos viscerales defendidos por sus respectivos alcaldes (León, Salamanca y Valladolid). A las que se suman otras candidaturas, como Burgos o Palencia. Tratándose de «sedes», paréceme como más acertada solución situarlas dónde más agua fluya y se congregue, esto es, Zamora o Soria, al estar bañadas por el caudaloso Duero. O, por su altura de miras, Ávila, la ciudad más elevada de España.

En todo este tinglado, el que no cuenta para nada es el impositor, y en poco o nada tranquiliza lanzar mensajes de que el balance final será positivo para los clientes y la sociedad. El secretismo, confidencialidad y discreción más absoluta con los que se está llevando el proceso está muy bien para otros menesteres, pero es una desconsideración hacia el impositor y el empleado que, a fin de cuentas, sin los ahorros de unos y el trabajo de los otros, no existiría ni Caja España ni Caja Duero ni Caja Burgos; serían puro mito, como la Caja de Pandora. Es la vieja fórmula despótica de «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», que se aplica subrepticiamente en el sistema democrático a la ciudadanía con: usted deme el voto que después haré con él lo que me venga en gana. Pues bien, ahora la fórmula se transmuta en: «todo para el impositor, pero sin él», y su patrimonio mobiliario lo destino hacia donde quiero.

Deberían darse cuenta los responsables de financiar, que en la consecución de esos ahorros, ahí sí que ha habido verdadero esfuerzo, trabajo y sacrificio. Por ello, no podemos seguir confiándolos a la ligereza de una clase política remunerada en proporción directa a su incompetencia, bajo la sospecha cada vez más acusada de latrocinio, cohecho o mala gestión, no faltando día ni hora en que alguno de sus miembros sea noticia escandalosa por pillársele la basura entre las uñas. Queremos una Caja, dos, tres, o las que sean, absol utamente en manos de profes ionales, donde el gobierno de personas ajenas brille por su ausencia. Si no es así, habrá que marcharse con los ahorros a otras tierras de promisión.

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