Campo de Valle Inclán
Burro amenazado | pancho purroy
«¡La riada¡». Giraban las aspas del molino con un vértigo negro de pájaros absurdos. Huroneaba por los olivares el viento. La zorra aullaba al borde de la barranca y su hálito fosforecía en la oscura tiniebla. Hacían agorino todas las voces del campo, despiertas, sobrecogidas de terror ante el crinado relámpago de las azulinas quiebras. El lobo y la loba, en el claro de luna, suspendían sus juegos y aguzaban las orejas. Los pájaros que dormían en los surcos se levantaban azorados, acogiéndose a los olivos, con inquieto aleteo. Arreciaba el remoto baladro de los chivos, y el machero, encaramado en un tolmo cercado de espumas, rezaba juntando las manos, la cigüeña del cayado, sobre un fondo de luceros. Rugían las secas esguevas y sus terreñas encías desmoronábanse enlodando el rugiente cristal de las quebradas nieves. La riada, abierta en mares, remansada en curvas de espuma, se tendía ganando las vegas. Gruñía en el fangal una piara. Pronunciábase la gente de las quinterías con gritos y alarmas. En los remansos de las vegas la luna multiplicaba su medalla».
Ramón del Valle Inclán no solo fue el feroz cronista satírico de la Corte de los Milagros, las postrimerías del reino de Isabel II, la Reina Nuestra Señora, de belfo borbónico heredado del Rey Narizotas, sino un extraordinario escritor del paisaje ibérico, sus gentes y animales. Su anterior descripción de la riada en el Coto de Los Carvajales, el pago manchego del Marqués de Torre-Mellada, es un botón de muestra. Allí, los rosarios apostólicos y las intrigas palaciegas mudaban a cacerías de jabatos y gamos, apartados de reses bravas, tientas y derribas. «Cinco quinterías albergaba el Coto: Castril, Solanilla, Pedrones, Cerratos y Majuelos: Era un gran dominio de olivar y tierras adehesadas, con casona antigua en cerco de cuadras, alpendes y toriles. A lo largo del camino, oculta entre las encinas, sonaba la castañuela de la urraca. En ojos celestes cantaban las remontadas alondras».