Venecia
En blanco | javier tomé
Puesto que los clásicos siempre tienen razón, suelo cumplir al pie de la letra con sus instrucciones. Y si ellos dicen que vivir no es necesario, cosa que creo, pero que viajar sí que lo es, pues nada, toca hacer las maletas y lanzarse a un buen destino otoñal, como puede ser Venecia. Un lugar ideal para sobrellevar la melancolía de este tiempo de hojas caídas y depresiones a la carta, tan típicas de la estación que va pintando los colores al invierno. Llegas allí y, a la vista de semejante mosaico monumental de palacios, canales y templos revestidos con las mejores galas del barroco, lo primero que se te ocurre es que Venecia es mucha Venecia. Resulta normal que la escritora Donna Leon haya cambiado su gris New Jersey natal por esta maravillosa realidad social y arquitectónica, donde se desarrollan las andanzas de su hijo de ficción, el comisario Guido Brunetti. Venecia también es el sensacional marco elegido por otro ser de fábula, el legendario Colto Maltés, como trama de sus coloridas aventuras por restaurantes, bares y cafés que son perfectamente reconocibles entre el doble laberinto de tierra y agua que dibuja la trama urbana.
¿Qué se puede decir de una capital donde te despiertan cantando en la radio, una de esas espectaculares mujeres italianas con ojos a lo Sofía Loren y cuerpos hechos para romper todas las tallas, para preguntarte por qué la abandonas todos los domingos para ir al fútbol, la partita que dicen ellos. Luego te vas a la basílica de San Marcos y al Palacio Ducal, en cuyos muros los antiguos dogos venecianos, príncipes del Estado, acompañados por sus consejeros y otros dignatarios agrupados, por ejemplo, en la milicia del Mar te miran con tal expresión de majestuosa suficiencia que nuestros Herrerita, el trilero Camps o Bibiana la gaditana parecen cosa de chiste. Y es entonces cuando asumes ese eslogan turístico-político que dice: «Ni Zapatero ni Rajoy, pues yo de Venecia soy».