El paisanaje | antonio núñez
El regreso de la momia
Franco, que no creía en los médicos, pedía que le llevaran el brazo incorrupto de Santa Teresa cada vez que pillaba la gripe o un microbio. Lo primero tenía una explicación, habida cuenta de que su único yerno el doctor Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, le salió rana. Pero sobre lo otro estaba completamente equivocado: el incorrupto era él en persona, no la paletilla de la santa de Ávila, y ahora lo sacan en procesión cada vez que a Zapatero le sale un sarpullido en las encuestas electorales. Vivir para ver.
Con cinco millones de parados en el país los sindicatos y una izquierda rancia y cutre están desempolvando otra vez los mitos más trasnochados que cayeron en España cuando la transición democrática y en Europa con el Muro de Berlín. La excusa es defender a Garzón del cerco de los falangistas de la época -”coño, si sólo quedan dos en silla de ruedas-” por querer investigar él solito los crímenes del franquismo, que los hubo. Si mandamos al paro a los historiadores y ponemos a otro juez para que reabra las pifias del otro bando en la infame guerra civil estaremos todos de lo más entretenido hasta las próximas elecciones, que es de lo que se trata. Y, ya de paso, el juez showman deja que se acecine el chivatazo del Gobierno a ETA en lo del «caso Faisán».
Algunos biempensantes se escandalizan del mitin antisistema montado el otro martes por el PSOE, IU, UGT, CC.OO. y los saltimbanquis del cine y la subvención, con bandera republicana incluída un 14 de abril. No sé de qué se sorprenden. El manual es el mismo de cuando el chapapote del Prestige , el del «No a la guerra» o el del 11-M y no digamos los protagonistas. Todo vale para llegar al poder y mantenerse, porque de algo hay que vivir. Como aún quedan algunos días para que empapelen definitivamente a Garzón son de esperar algunas mamarrachadas más, a cada cual más imaginativa, por parte de una tropa que no tiene otra cosa que hacer.
El balance de los seis años de gobierno de Zapatero ha sido el de ir de desastre en desastre. Cuando no había problemas los inventaba para demostrar que podía resolverlos, aunque ahí sigan: la negociación con ETA, el Estatut, la ley bizca de memoria histórica, el anticlericalismo, matrimonios gais, divorcio exprés, abortos y cheques bebé a tope, a ver cómo se come eso, etcétera. Y cuando llegaron en serio los problemas que preocupan a la gente, o sea la crisis, se empeñó en negarlos o en echarle la culpa a los Estados Unidos hasta que llegó Obama. O está majara o nos toman a todos los demás por tales. El eslogan de ahora en la propaganda oficial es «como las cosas no pueden ir a peor, tienen que ir a mejor, Ministerio de Economía y del coche eléctrico, Gobierno de España».
Y cuando nadie se lo cree sacan a pasear la momia incorrupta de Franco mientras Garzón pide el certificado de defunción del dictador. Oiga, de risa.
Gente con memoria histórica en serio sobre lo que pasó en aquella guerra incivil ya ni se encuentra ni en el hogar del pensionista. Alguien que te suelte, por ejemplo, el rollo de «cuando yo estuve en Belchite y Guadalajara...» o a un alferez provisional de los nacionales para aclarar la toma de Teruel. Seguramente estén jugando juntos al tute en el más allá.
Bueno, queda Carrillo, pero ese jura que nunca estuvo en Paracuellos del Jarama, que fue para Madrid lo que las fosas de Katín para los polacos.
Se echa de menos en estas payasadas al humorista Miguel Gila, que, ese sí, libró de chiripa en un pelotón de fusilamiento, se hizo el muerto, escapó como pudo del camión que cargaba los cadáveres y no paró de correr hasta Argentina. Regresó en los sesenta y triunfó con ironía y un teléfono: «¿Es ahí el enemigo? Se ponga, porque ya no nos quedan balas». Hoy arrasaría con algo así como «¿Está Franco? Se ponga». Y luego «hemos perdido todos la guerra, su excelencia y yo los primeros, menos, claro está, el nieto del capitán Lozano».
Mi abuelo también.