Diario de León
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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

A los 50 días de la Resurrección de Jesús, conmemoramos este Domingo la efusión del Espíritu, los orígenes históricos de la Iglesia y el inicio de la misión universal.

Reflexionemos con San Agustín: «Todos los hombres, cuando hacen un negocio y difieren el pagar, la mayor parte de las veces reciben o dan unas arras, que dan fe de que luego llegará aquello a lo que anteceden como garantía. Cristo nos dio las arras del Espíritu Santo; él, que no podía engañarnos, nos otorgó la plena seguridad cuando nos entregó esas arras, de que cumpliría lo prometido. ¿Qué prometió? La vida eterna, dejándonos las arras del Espíritu. La vida eterna es la posesión de los moradores, mientras que las arras son un consuelo para los peregrinos. Mejor hablar de arras que de prenda, ya que no es lo mismo. Si se dan las arras o una prenda es con vistas a cumplir lo prometido; mas cuando se da una prenda, el hombre devuelve lo que se le dio; en cambio, cuando se dan las arras, no se las recupera, sino que se les añade lo necesario hasta llegar a lo convenido. Tenemos, pues, las arras; tengamos sed de la fuente misma de donde manan las arras. Tenemos como arras cierta rociada del Espíritu Santo en nuestros corazones, para que si alguien advierte este rocío, desee llegar hasta la fuente. ¿Para qué tenemos, pues, las arras sino para no desfallecer de hambre y sed en esta peregrinación? Si reconocemos ser peregrinos, sin duda sentiremos hambre y sed. Quien es peregrino y tiene conciencia de ello desea la patria y, mientras dura ese deseo, la peregrinación le resulta molesta. Si ama la peregrinación, olvida la patria y no quiere regresar a ella. Nuestra patria no es tal que pueda anteponérsele alguna otra cosa. Sucede a veces que los hombres se hacen ricos en el tiempo de la peregrinación. Quienes sufrían necesidad en su patria, se hacen ricos en el destierro y no quieren regresar. Nosotros hemos nacido como peregrinos lejos de nuestro Señor. Nuestra patria está en el cielo. Desde nuestra patria nos han llegado cartas invitándonos a regresar, cartas que se pueden leer a diario en nuestras asambleas».

Pentecostés es a la Pascua lo que la confirmación al bautismo. Los que han sido bautizados en la muerte de Cristo, han sido también confirmados por el Espíritu en la nueva vida. Del Espíritu reciben también la fuerza para proclamar lo que viven. Que en este mundo en el que vivimos, a veces tan duro, el Espíritu nos convierta en testimonio de esperanza.

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