Cosas de aquí | Un peligro natural en el verano
Una bomba colgada del árbol
La población de avispas toma parques y zonas de recreo en uno de los veranos con más presencia de estos insectos en los últimos años

Avispero poco frecuente en León, en un parque; abajo, un nido de celdillas.
A la avispa le persiguen los prejuicios. Además de su voracidad y celo por resguardar el entorno de los intrusos a base de latigazos, sablazos y mordiscos, a este ejército uniformado a rayas se le considera por su aportación al parte meteorológico. Se tiene en cuenta la población de estos insectos para calcular la probabilidad de nieve en el siguiente invierno; hay quien defiende que existe una fórmula ancestral que da con exactitud el resultado de un invierno duro conforme a la expansión de los avisperos en los días más crudos del verano.
El agosto actual, por ejemplo, vive pendiente de esta estadística, de esta bilateralidad que vincula la profundidad de las borrascas invernales con la densidad de población estival de la avispa. Ajenos a estas consideraciones sociales, los individuos de las comunas de véspidos que aterrorizan aldeas y ponen en antecedentes a los niños sobre esa parte de la naturaleza que no es conveniente acariciar, aportan exhibiciones difíciles de igualar por la ciencia: perfeccionan panales, estructuran viviendas, exponen una capacidad asombrosa para transformar en papel género vegetal; que hacen con su boca y sus patitas lo que el hombre aborda en complejos industriales. Se exponen estos ejemplos de portento y laboriosidad en parques y áreas recreativas, en esquinas y ventanas, al borde la vida cotidiana de la gente que sortea a diario bombas de precisión a punto de estallar. La invasión es notoria.