Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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S egún los historiadores más sabios el tabaco es una planta narcótica originaria de la zona andina entre Perú, Ecuador y Bolivia -”Evo Morales es un subproducto-” que ya se cultivaba cinco mil años antes de Cristo y siete mil antes de Phillips Morris, para consumirlo fumando, esnifado, masticado, en infusiones, colirios y ceremonias guerreras y amorosas. Como pasa con todos los vicios, cuando llegó Colón ya se había extendido por toda América y el marinero Rodrigo de Jerez fue el primero en traerlo a España siendo encarcelado por brujería porque, al decir de la Inquisición, «sólo el diablo puede dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca». Se ve que no conocían el Congreso y el Senado. En los Archivos de Indias no consta si el jerezano Rodrigo murió de cáncer de pulmón o porque le dieran candela en la hoguera, aunque lo más probable es que fuera de esta última enfermedad.

Desde hoy, mil quientos años después, en España nadie puede fumar en las tabernas, marineras o no, establecimientos públicos, parques y jardines, etcétera, y quien lo haga incurrirá en delito perseguible de oficio por el laico tribunal del ministerio de Sanidad, donde oficia de brujilla Leyre Pajín y con qué humos. Hosteleros y estanqueros hablan de miles de millones de euros en pérdidas, que a la ministra le dan igual, y los que somos de tropa de millones de amigos desperdigados en tertulias de vino, partidas de tute y bodas y bautizos en los que el padrino siempre sorprendía obligatoriamente con un puro: otra majadería más de Zapatero, porque prohibiéndolo a ver cómo se sostiene, si no, la pirámide de edad de las pensiones.

Cuando este periódico tenía su viejina sede en la calle Pablo Flórez, un poco más adentro del arco de la cárcel vieja, allá por los años setenta, entrabas en la redacción y te dabas de bruces con una urna-hucha de cristal y un letrero que solidariamente ponía: «tabaco para los pobres». Los pitilllos eran recogidos por el cura redactor César Trapiello, tío carnal del que firma aquí al lado, y los repartía por ahí fuera. Si se fumó la mitad, que Dios no se lo haya tenido en cuenta. Acabó de capellán de hospitales, pero no palmó de cáncer de pulmón. Ni que decir tiene que entonces los periódicos, a mayores de liberales, parecían un fumadero de opio, pero le dábamos candela en serio a los políticos. Ni preguntar con boquilla ni no preguntar en las ruedas de prensa ni leches.

«El tabaco perjudica seriamente la salud», pone en mi cajetilla. Eso ya lo sabíamos, lo mismo que el jamón es malo para el colesterol y no por eso vamos a hacernos todos islamistas. Aunque, hablando de la Alianza de Civilizaciones del paisano presidente, toda ley anti lo que sea se puede mejorar. Ahí va una enmienda: prohibir, por ejemplo, que en los bares se venda alcohol o tapas de chorizo o salchichón. Servidor siempre dijo que, según con qué gobierno, valía para ministro, pasando, eso sí, por Alcohólicos Apolíticos Anónimos (la Triple A de derechas, tan denostada estos días por antisistema).

Se dice que sir Winston Churchill sólo fumaba puros en público, pura pose, para dar seguridad a los ingleses en la segunda guerra mundial cuando lo de «sangre, sudor y lágrimas» y las películas de aquella guerra, que al final la ganaron, están plagadas de fumadores empedernidos a lo Humfrey Bogart en Casablanca del estilo de «siempre nos quedará París» o «éste puede ser el comienzo de una gran amistad». Nunca verá usted a un alemán fumándose un farias. A los judios, antes de meterlos en el crematorio, ni siquiera les dieron el último cigarrillo, lo cual fue el colmo de la ignominia nazi.

Pensaba quien esto escribe fundar un partido ácrata de fumadores en las tascas de barrio con una clientela potencial no inferior a veinte millones de votos y un único cartel electoral escueto y sin vuelta de hoja, nada de complicaciones: «en España se permite fumar y no fumar, faltaría más». Todo lo demás lo pondría Angela Merkel, pero a nosotros, como no íbamos a ganar nos daba igual, porque no tenemos más programa que bajar los impuestos sobre el tabaco, el alcohol y la gasolina, lo que no es poco, y, de paso, repartir gratis algún que otro cartón de Celtas cortos en el hogar del pensionista a la hora de la partida. De nada.

«Tampoco teneis futuro», me dijo anoche un amigo que se iba a un bar de señoritas de carretera con luces de neón. «¿Y tú por qué lo haces?», inquirí yo. «Es la única forma de fumar después de lo otro», respondió el interpelado como si fuera lo más natural.

Zapatero nos está empujando al vicio.

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