La Virgen de la Esperanza
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La liturgia hispana celebra el 18 de diciembre una advocación de nombre llamativo: la Virgen de la O. Este nombre se toma de que las siete estrofas de Vísperas, que preceden a la Navidad, empiezan por «Oh» («O» en latín), signo de admiración y alegría del pueblo de Israel, y especialmente de María, por la llegada del salvador. Por lo que Virgen de la O equivale a Virgen de la Esperanza
Su fiesta en España aparece establecida litúrgicamente en el décimo Concilio de Toledo (656) con el nombre de Expectación del Parto. Se quería así resaltar la fiesta de la Anunciación (25 de marzo), que, por caer muchos años en plena cuaresma, no permitía celebrar con el debido esplendor el misterio de la Encarnación de Verbo y el estado de buena esperanza de María.
La esperanza es una virtud que acompaña al pueblo de Israel a lo largo de toda su historia. El pueblo de Dios tenía clara conciencia de su pecado y de que Dios remediaría su situación. Ahí están los primeros capítulos del Génesis: donde se origina el pecado y la muerte, allí mismo surge la promesa y la esperanza de la redención: «una mujer quebrantará tu cabeza» es la sentencia del Señor a la serpiente infernal. El pueblo de Israel, alentado por las enseñanzas de los Patriarcas y Profetas, fue creciendo en la esperanza de que Dios le libraría de todos sus males y pecados enviándoles un salvador.
Pero entre todos los hijos de Israel la que más intensamente vivió la esperanza y ansió el cumplimiento de las promesas fue María de Nazaret. Consciente de su pequeñez bendecía al Señor de quien se sentía esclava. Glorificaba al Señor por su infinita misericordia con los pobres y los humildes. Y, sobre todo, agradecía al Altísimo que hubiese cumplido las promesas que durante siglos habían alentado al pueblo descendiente de Abraham.
María, por ser madre del Redentor y por voluntad del Padre, se convierte en fuente de esperanza para el nuevo pueblo de Israel. Así lo proclamamos cuando recitamos la salve: «Vida, dulzura y esperanza nuestra». Pensando en su maternidad salvadora, la Iglesia canta: «Nos devolvió la esperanza de vida, que Eva pecando nos quitó». Ella es, pues, la esperanza de nuestra salvación en medio de las dificultades de la vida. La Iglesia no duda en proclamarla signo de esperanza, que precede con su luz al pueblo de Dios peregrino, hasta que llegue el día de Señor.
El ejemplo de María nos exige luchar contra el mal del mundo y ser solidarios con cualquier intento de mejorar la vida de los demás. El ejemplo de María nos tiene que llevar a vivir entrañablemente su presencia maternal en nuestras vidas y a compartir su lucha contra todo el mal de nuestra sociedad.