Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Hoy es la Octava de Navidad y el primer día del nuevo año. Una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica la Virgen, a quien en estas tierras de León veneramos como la «Virgen del Camino», a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en el momento inicial y «en la hora de nuestra muerte». Si el tiempo de Navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo, la fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este hecho salvífico. Tiene por finalidad exaltar la singular dignidad que este acontecimiento reporta a la Santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida.

Las lecturas bíblicas de esta solemnidad ponen el acento principalmente en el Hijo de Dios hecho hombre y en el «nombre» del Señor. La primera lectura nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los israelitas en las grandes fiestas. Este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a éste, y que se manifiesta con el resplandecer del rostro divino y el dirigirlo hacia nosotros. La Iglesia vuelve a escuchar hoy estas palabras, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año que acaba de comenzar, con la conciencia de que, ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, sólo Dios puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. De hecho, ya es una tradición consolidada que en el primer día del año la Iglesia, presente en todo el mundo, eleve una oración coral para invocar la paz. Efectivamente, es la Jornada Mundial de Oración por la Paz.

«Jesús» es un nombre hebreo que significa «Dioses Salvador». Los cristianos llevamos el mismo nombre de Jesucristo. Desde los primeros años empezó a llamarse cristianos a los que seguían el Evangelio. Y tampoco en nuestro caso es una denominación casual, sino providencial, pues nos identifica como creyentes en Cristo. Ese nombre, recibido en el bautismo, lo reafirmamos cada día en los sacramentos y deberíamos acreditarlo en todos los actos de la vida. No sólo nos llamamos cristianos, sino que lo somos; ni sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos: pues tenemos mucho de Dios. Los hijos suelen recibir de sus progenitores la herencia genética, que los relaciona y asemeja a sus padres. Los cristianos recibimos el Espíritu de Dios, que nos hace hijos y herederos de Dios, hermanos y coherederos con Jesús. Somnos a la vez destinatarios de la salvación y colaboradores en que ésta se extienda a todo el mundo, «en el nombre de Jesús».

La Virgen María nos da a su Hijo, nos muestra el rostro de su Hijo, Príncipe de la paz: que ella nos ayude a permanecer en la luz de este rostro para redescubrir toda la ternura de Dios Padre; que ella nos sostenga al invocar al Espíritu Santo, para que renueve la faz de la tierra y transforme los corazones, ablandando su dureza ante la bondad desarmante del Niño, que ha nacido por nosotros. Que la Madre de Dios nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz.

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