Diario de León
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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Y no tenemos otra, mi sargento. Quien carezca de un amigo imputado es un piernas que no vale nada. Por el contrario, si el imputado es usted mismo tendrá crédito en todos los bancos. Desde la burbuja inmobiliaria están todos muy escarmentados y sólo prestan dinero al que no lo necesita. Tras la detención del presidente de la Diputación, señor Martínez Barazón, y del interventor, Suso para los del Ademar, en cuya gerencia o algo así estuvo, los directores de sucursales bancarias hacen cola frente al Palacio de los Guzmanes porque huelen que allí hay pasta gansa. Como cuando cae el gordo de Navidad en el bar de tal o cual pueblo.

Corren las noticias cual viento cazurro y se anuncian ya nuevas detenciones. El del banco de mi esquina no da abasto. ¿Ningún diputado sabía nada?. Al parecer nadie, salvo el ya no tan rústico Matías Llorente, del sindicato agrario Ugal-Upa, que cambió hace treinta y tantos años el sillín del tractor por el sillón de la Diputación y ha dicho estar mosca desde que la difunta presidenta Isabel Carrasco cambió el sistema de adjudicación de obras y contratas. Antaño se hacía mediante un concurso de plicas cerradas y, al abrirlas, el que más chiflara capador. Luego fue pedir tres presupuestos a otras tantas empresas y... «pa tí y pa mí». Un trile como otro cualquiera. Por cierto, la jefa del negociado de obras pidió la jubilación anticipada, quién sabe si huyendo de la quema.

En todo caso el juez Velasco, que lleva el procedimiento, está imponiendo fianzas muy baratas, ninguna por encima de cuarenta mil euros, o seis millones de pesetinas para entendernos los viejos, a cuenta de comisiones multimillonarias del tres por ciento, lo que explica que se les afilen los dientes a los directores de sucursal. Compensan como clientes, aunque el impositor pase dos o tres años preso en el peor de los casos. Divida los beneficios por los días en la trena y verá que es un empleo redondo y solvente. Tal vez un poco a la sombra, pero también en la cárcel de Mansilla de las Mulas tienen piscina.

Servidor sabe algo, no mucho, señoría, de la Diputación, donde hace tres décadas trabajó tres años menos tres días de jefe de prensa. Me fui yo, aunque algunos me decían que lo difícil era entrar, pero más todavía salir. Había un secretario asturiano, Eugenio Vázquez, buena persona y que escanciaba conmigo el vino en vasos de sidra. In vino véritas. «Tengo un problema, Antonio, ho», me dijo un día, «y es que hay diez plazas de nuevos administrativos y pienso que cuatro tienen que ser para el presidente, tres para el otro partido, dos para mí, que para eso soy el secretario... y creo que la última habría que dársela al que sacó el número uno en las oposiciones». No sé si vive todavía, pero era un tipo legal, como todos los que apoyamos el codo, que no se dejaba marear como ratón leguleyo de armario, pero al que transfirieron cagando leches al Principado de Asturias por el sistema de la patada hacia arriba. Superviviente o no, hoy, que es día de difuntos, va por él un culín de vino del Bierzo que estoy soplando.

Otra anécdota muy buena fue cuando se convocó un concurso interno para cubrir la plaza de jefe de peón caminero. Entonces los había. Y, en vez de una demostración de valía a pico y pala, les pusieron una redacción sobre arquitectura militar. O sea castillos. Luego me enteré de que el diputado de área, también amigo de la época y ya difunto, tenía un amigo del partido en la brigadilla y un castillo en su pueblo, allá por tierras de Valderas, donde hacía de su capa un sayo, noble oficio el de sastre.

Y la última. Una vez cometí un desliz de tráfico de influencias. Cosa de poco, señor juez. Había ofertado la diputación veinte plazas gratis para viajes escolares a Canarias. Los primeros que se apuntaran en la lista. Y mi mujer Carmela, que para algunas cosas es muy bobalana, hizo cola desde las siete de la mañana con el número cuatro en la fila. Pero me olí la tostada y llamé a las alturas correspondientes pidiendo un pase para mi niña y otra para su prima. La escueta respuesta fue «oido, cocina».

A estas alturas de la vida, y más con la que está cayendo ahora, estoy perfectamente de acuerdo conmigo mismo, que es lo que cuenta.

De vuelta a casa, mi chavala Catalina, que estuvo de vacances por cuatro perras con hijas de alcaldes y secretarios municipales, me preguntó con candor: «¿Papá, yo también estoy enchufada?, ¿Por qué me lo preguntaban todos?».

Me ruborizo, señoría.

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