EL ABANICO
Pantoja deshoja la margarita
Si Isabel Pantoja contabilizase el dineral que lleva pagado a sus abogados para intentar eludir a la justicia, seguro, seguro que le daría para liquidar la totalidad de la multa de un millón ciento cuarenta y siete mil euros que le fue impuesta por el tribunal que la juzgó y que la condenó a dos años de prisión por blanqueo de dinero público. Una condena que ha tratado de eludir por todos los medios a su alcance, convencida como estaba de que a ella, la viuda de España, la tonadillera por excelencia, nadie se atrevería a meterla en prisión. De ahí que nunca haya pedido perdón ni al pueblo de Marbella, el verdadero damnificado, ni a quiénes la tienen en un altar, y muchos menos a ese coro de seguidores que la defienden contra viento y marea, sin entrar a analizar su conducta delictiva.
Nadie quiere que los inocentes entren en la cárcel, que no es el caso de Isabel con una condena en firme, pero sí que los que se han lucrado con el dinero de los contribuyentes devuelvan lo que con tanta alegría se llevaron, y si no lo hacen que paguen con su falta de libertad.
Molesta ver como todas las mujeres a las que les afecta la corrupción de lleno alegan para eludir su responsabilidad el enamoramiento, como si este fuera un sentimiento enajenante que les impide ver y oír lo que se cuece a su alrededor, en su propia casa.
No quiero pensar que la entrada en prisión de la Pantoja se vea como una cortina de humo para tapar otros casos de corrupción. Simplemente los jueces han cumplido con su deber después de estudiar las alegaciones de los abogados de la cantante, su nula predisposición a colaborar con la justicia ni durante el juicio ni después, y mira que ha tenido tiempo para hacerlo, de manera que si algo debemos de pedir los ciudadanos es igualdad de trato para todos cuando se comete un delito de la naturaleza que sea.
Bien haría Isabel Pantoja en admitir que a la cárcel no entra por animadversión de nadie sino porque cometió un delito y ha sido condenada por ello.