EL PAISANAJE
Españoles todos
Un español, según ya no me acuerdo qué filósofo, es un tipo bajo, moreno y cabreado, estilo a Jordi Pujol, por ejemplo, mal que nos pese a él y a mí. Y una catalana lo mismo como todas las mozas mediterráneas. Para el periodista italiano Indro Montanelli con el agravante de que también tienen el culo rampón a ras de suelo, a lo que el teatro griego intentó poner remedio en sus tragedias con los «coturnos», ahora llamados tacones de tafilete. Personalmente me motiva más el pandero de la Pantoja tal como es.
Vaya este preambulillo a cuenta de la mamarrachada catalana del otro domingo sobre la independencia. A servidor se la suda, salvo por algunos amigos que tengo exiliados allí y que no lo están pasando bien con las fantasmadas de Artur Mas y compañía. Este último, también mal que le pese, tira más a Madrid, cual anuncio de affter shave para después del afeitado. O Pichi, el chulo castigador «del Portillo a la Arganzuela/donde no hay una chicuela/que no quiera ser amiga/de un seguro servidor». En la calle Arganzuela, número 7, pensión Juanito, pasé yo dos años de estudiante con una beca del cántabro Botín, en cuyo banco se dejó los morros trabajando tres décadas mi señor padre. Bebíamos un vino infame de los de a peseta, pero nos quitábamos de esa mariconada andaluza de las cañitas de cerveza. Y cuando a las tantas de la mañana se nos había ido la mano con el cubata desayunábamos fritos frescos como cosacos en Casa Maxi, entonces la tasca del mercado central de pescados, con los camioneros gallegos que lo llevaban y otras gentes de mal vivir, pero de comer bien. Creo que la alcaldesa Ana Botella lo ha convertido en un centro cultural. Todo degenera.
Todavía hoy sería capaz de ir a ciegas de noche, pero bien alumbrao , desde la calle Humilladero, donde nació Arias Navarro, hasta el bar Malacatín, especialidad en cocido leonés. Isidro, que lo regentaba y venía a comprar todos los meses al pueblo el chorizo y la morcilla, nos escanciaba directamente el vino en estudiantiles, baratos y generosos vasos de sidra. Y ya sabe usted lo que hacen uno o dos culines.
O mucho ha cambiado, que no creo, o en las paredes acompañando a fotografías de toreros y cupletistas debe andar colgado un articulillo mío de este mismo periodiquín en los años setenta y poco. Ahora para comer allí hay que pedir cita previa con dos semanas o más de antelación, tal que en el médico, y a precios de estratosfera, tipo sonda Roseta. De vez en cuando se acercaba también Harry, un alemán que en la vecina plaza de Cascorro, léase el Rastro, vendía cruces de hierro y demás chatarra y condecoraciones de la segunda guerra mundial. Un tipo que, a su modo, se anticipó a la Merkel.
La política hay que tomarla así. Harto de las fantasmadas catalanas uno rejuvenece y no echa casi nada de menos, salvo lo que ha robado la familia Pujol. Eso sí que tiene coturnos, señor fiscal. Y le he dicho a mi mujer Carmela —en mi casa mando yo, pero se hace lo que diga ella— que estas navidades no quiero ni una botella de Freixenet por Nochebuena. Prefiero el Xamprada , aunque se pase a tope de precios y en la cabeza. Mi señora sólo sopla sidra El Gaitero , para mí que es una indirecta por la falta de fuelle que con la edad me aqueja.
Don Pío Baroja, o tal vez era Unamuno, decía que la extrema derecha y la izquierda se quitan leyendo. Y los nacionalismos viajando. Sobre esto último es lo mismo que opina el chino de mi esquina, emigrante de un pueblo pequeñín que en su tierra tiene diez millones de chinos o más, unos en mandarín y otros en cantonés. Los de Hong Kong, como son menos, se hacen un lío de no sé qué leches democráticas y ya no venden ni en rebajas.
En cuanto al gallego Mariano, el de la mayoría absoluta, me recuerda al chiste de los cien mil paisanos suyos que bajaban en manifestación por la Gran Vía madrileña, ay Pichi, al grito airado de «caciques fora» y «merda para ellos». Había que haberlos visto blandiendo el paraguas. Yo no lo vi, pero dicen que temblaba la Santa Compaña y los ojos les brillaban de ira como el fuego de San Telmo. Cada país tiene su propia épica y costumbres. Valga en todo caso la historieta, que, si non e vera, e ben trobata. Sólo cinco minutos después subían cabizbajos y uno de Perico Chicote les preguntó: «Os pasó algo».
«Nada», dijo Mariano, «es que vinieron dos y nos rodearon. Ese es mi Rajoy. Manda carallo.