El sentido del sufrimiento (II)
Liturgia dominical
El evangelio del domingo nos presenta ante la cruz de Cristo unas reacciones más lamentables que la de Pedro en el domingo anterior: los discípulos buscan solo su éxito personal, lo contrario que Jesús quería explicarles. Él insiste: vivir es servir, y no a los grandes, sino a los humildes, en quienes Él está.
Insistir en el valor de la cruz es decirnos que el amor de Jesús no es un hecho a recordar, sino el único camino que da sentido a la vida. En la I Lectura la cruz es vejación y fracaso, pero también fuente de vida y esperanza. Por eso, además de agradecer la entrega de Cristo, aceptamos que su camino es también nuestro camino. Un estilo que ha de abarcar la vida entera. No sigue a Jesús quien en su casa ofende a su esposa y en cambio fuera se esmera en ayudar a un impedido a cruzar la calle. Contradicciones como esta son muy comunes en nuestra vida ordinaria. Veamos algunos ejemplos: en el trabajo, ver si uno busca trepar, o si es capaz de ser solidario aunque ello le comporte perjuicios; en casa, ver si uno es un refunfuñón y siempre quiere tener razón, o si es paciente y capaz de ceder en aras de una mejor convivencia; en el tiempo libre, ver si uno se pega a la tele, o si dedica tiempo a la familia y a labores sociales; cuando uno tiene dinero y poder, ver si acepta que los menos afortunados tienen tanto derecho como él a vivir bien. Y así sucesivamente. Cada uno habrá de revisar sus comportamientos a la luz del Evangelio.
El camino de servir a los demás hasta dar la vida se opone radicalmente a dominar a los demás hasta amargarles la vida. Cuesta mucho comprender el camino de Jesús, porque la ambición y el afán de poder nos dominan. Se dice que la autoridad es un servicio, pero lo que se quiere decir con ello es que los que ostentan la autoridad sirven al pueblo mandando. ¡Justamente lo contrario de lo que dice Jesús!: «Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos». Los cristianos hemos de saber que la autoridad no puede ejercerse legítimamente como poder, sino como servicio. Y también que las celebradas «dotes de mando» son precisamente los vicios fundamentales que incapacitan para el ejercicio de la autoridad. Efectivamente, son aptos para ejercer la autoridad no los que sirven para mandar, sino los que han optado por negarse a sí mismos y servir a los otros.