Las malas lecturas
Q uien leyera cualquiera de aquellos libros sabía que se la jugaba: el pecado era mortal y hasta la excomunión venía en el acto si además lo sacaba de la biblioteca monacal o se vendía. Eran los libros del «Índice », el Index Librorum Prohibitorum , relación de obras, autores o literaturas que la Iglesia estimaba perniciosas para la fe estableciendo esas penas tremendas por si así lograba detener la avalancha de unas ideas que pretendía combatir ¿ocultándolas?... lo pusieron peor dándoles publicidad.
Ahí estaba el imparable torrente de Rouseau, Lutero, Voltaire, Kant, Calvino o escritores como Balzac, Galdós, Baroja, Unamuno... y España añadía muchos otros, pues la Sagrada Congregación del Índice , en activo desde el Concilio de Trento hasta disolverla Pablo VI en 1966 (ayer aún), se hartó durante el franquismo censor de llenar la lista con escritores contemporáneos, filósofos o títulos. Para un joven esa lista era una irrefrenable tentación a averiguar por qué tanto miedo.
Visitando en 1969 la gran biblioteca salmantina de los dominicos de San Esteban (factoría de teólogos sesudos y del primer Derecho de Gentes) me admiró una gran estantería aparte destinada a los libros del Indice. Me quedé ante ella un buen rato escudriñando aquellas manzanas del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, tan a mano. Su atracción era fatal, pero no cabía allí el pecado, ni siquiera un furtivo ojeo a sus páginas, pues las estanterías tenían puerta acristalada, cerradura y, por si fuera poco, tupida alambrera interior que dificultaba incluso leerles el lomo... nunca vi libros más presos... y clamando a gritos su rescate.
Normal la pregunta: si esos libros se prohibían por minar la fe, ¿a qué darles sitio señalado en la biblioteca?, ¿no era mejor esconderlos, destruirlos o largarlos?... vale, alguien tenía que leerlos primero para prohibirlos después, pero con una vez basta y ¡fuera con ellos!... en fin, se guardaban para que alguien pudiera releerlos... ¿quién?, ¿los viciosos o los íntegros?... y ahí me tiré a las malas lecturas que tanto bien me hicieron; descubrí que algunos eran tan peñazo como la teología oficial.