Diario de León

El niño del pescado echa la trapa

Gundi, la pescadería de la plaza del Conde cierra sus puertas el próximo día 28 después de más de treinta años de trabajo. Comenzó a trabajar en el mercado con apenas once años y ya nunca se fue. Recuerda que había catorce pescaderías y hoy quedan tres. Reclama más apoyo de la administración y advierte de que perder la plaza es perder una importante tradición

José Luis Carbajo Barata regenta el puesto de pescados Gundi en la plaza del Conde desde hace más de treinta años.

José Luis Carbajo Barata regenta el puesto de pescados Gundi en la plaza del Conde desde hace más de treinta años.

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cristina fanjul | león

«Tenía once años el día que comencé a trabajar en la plaza de abastos. (Resopla) Era un niño que no conocía León. Vivíamos en Pinilla y nunca había llegado a la ciudad. Nos quedábamos en el Crucero», rememora. Comenzó como repartidor de una pescadería. Le subieron en una bicicleta con una cesta llena de género que tenía que llevara los domicilios, «con las direcciones apuntadas en un papel». Acababa de comenzar primero de bachiller. «Era un niño, Menos aún, porque entonces, con once años, no sabías nada. La infancia duraba mucho más que ahora», dice mientras trata de recordar ese primer día, el primer día de una vida que el próximo 28 de octubre echará la trapa. Y sigue: «Éramos al menos cinco chavales». Cinco repartidores en un León que en aquella época no llegaba a los 70.000 habitantes.

La ciudad ha cambiado desde aquel día de 1953, lo mismo que el mercado de abastos, en el que apenas quedan ya 16 puestos. «Una ciudad sin un mercado no es nada, pierde su identidad», lamenta. José Luis Carbajo Barata lleva en esta vida casi toda la suya. A los catorce años promocionó en el negocio y pasó de repartidor a trabajar en el puesto de su puesto de su tío Gerardo, hasta que hace 27 años abrió el suyo en propiedad, Gundi, una de las pescaderías más señeras de la ciudad. «Con 14 años ya estaba sirviendo pescado, así que puedes imaginarte que sé de lo que hablo»… No quiere hacerlo mal de nadie, pero considera que la administración no defiende el mercado de abastos. «Su intención es convertirlo en un lugar para gastrobares, que está muy bien, pero se perderá una parte importante de la cultura de la ciudad», advierte. José Luis echa la vista atrás y achaca el principio de la crisis de la plaza a la peatonalización. «Es más fácil ir a las grandes superficies. Todos los caminos te conducen a ellas», lamenta. Para este autónomo, el mercado no tendrá una vida demasiado larga porque el tipo de consumidor no se renueva. «Antes venían a comprar en familia, y los niños pequeños se iban acostumbrando. Ahora todo eso ha cambiado. La franja de edad crece, así que…» Asume el cambio de tendencia como una realidad, y aunque él no se queja —«tengo mi clientela de siempre y son fieles»— sabe que el ritmo de vida no ayuda a mantener el mercado de abastos. «Cuando yo empecé a trabajar había catorce pescaderías y ahora somos tres, dos más en sábado», sonríe con nostalgia. Aunque no quiere repartir culpas, considera que el ayuntamiento podría hacer más por defender el mercado tradicional. «Sólo tienes que ver el tiempo que tardaron en poner una señal que indicara dónde estamos», se queja. Sin embargo, anima a seguir acudiendo a los puestos y defiende la plaza como el lugar donde puedes comparar. «Eso es algo que no puedes hacer en un súper», advierte. Sin embargo, es consciente de que los usuarios más jóvenes carecen de cultura de puesto. «Les ves en ocasiones como perdidos. Se nota que están acostumbrados a adquirir bandejas y a veces les cuesta pedirte cómo quieren que les prepares el pescado», dice. Además, explica que cuando en ocasiones grupos de escolares visitan la plaza se quedan sorprendidos, «Tendrías que ver las caras de los guajes. No se pueden creer lo que ven», revela.

Cuando José Luis comenzó, el pescado llegaba de Galicia en camiones. «Venía embalado en cajas de madera», recuerda y asegura que era pescado de altura, «igual que ahora». Sin embargo, hay sabores que se han perdido en este medio siglo. «Sí, recuerdo pescados que ya no llegan, como los tomasines o las bertorellas pequeñas».

José Luis cerrará el día 28 y habrá clientes ‘de toda la vida’ que tendrán que emigrar de puesto. «He hecho buenos amigos, de esos que no se pierden. Tengo un cliente que lleva 32 años conmigo, Avelino, de Nocedo de Curueño. Ponlo, ¿eh?».

A este pescadero en trance de convertirse en feliz jubilado — «tengo dos pueblos: sosas de Laciana y Cármenes»— le llegan camiones directos de Galicia con pescados que sirve a decenas de clientes cada día y, al menos, a doce restaurantes. Pedidos semanales de lubina, rodaballo, rape, merluza, salmón, besugo... Sin embargo, es consciente de que, también, la demanda de los establecimientos gastronómicos es cada vez menor. «La carta de León está desapareciendo porque desde el comienzo de la crisis los restaurantes se especializan en menús. Ojalá ahora todo cambie...».

La plaza del Conde en los años 50. Del libro ‘Un viejo León muy prestoso’

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