Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

El río del olvido

Cristina Fanjul
León

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Dice más lo que no se ve que lo que se impone. Habla mucho más alto lo que apenas se sugiere que lo que se explica demasiado. Hay más contenido en las ausencias que en lo que se revela con profusión. Así que voy a decir poco porque tengo la intención de que no se me quede nada en el tintero. Llevamos muchos años para llegar hasta aquí, a un lugar en el que el mejor exponente cultural es una visita al cementerio que explica lo que somos en aquello que una vez fuimos. Isabel Rodríguez Ramos calificó una vez a Leteo como el premio que León no se cree. Y es que a muchos les resulta difícil imaginar que en este mundo de compadreo y sinecuras haya estrellas de la literatura que vengan a una ciudad fría y mortecina a cambio de nada, de conversación y una cena, de una cena con un grupo de culturetas que llevan pantalón de pana y camisa de tergal. La fe hay que mantenerla y Leteo dice adiós a esta ciudad de incrédulos con Mircea Cartarescu.

A veces, cuando me pongo a escribir, las palabras me sugieren que hablo con el eco de una columna anterior, que me repito, que no dejo de hablar de los adioses, de la ruina, del desencanto, de lo que pudo ser, de la pérdida, de la melancolía del recuerdo. Pero hubo un tiempo en el que parecía que la nostalgia estaba a punto de morir en León. Han pasado diez años, un ciclo que ha demostrado que es posible perder más y hacerlo además de manera consciente y dirigida. En León cantaba Barbara Hendricks en un teatro que se ha vuelto invisible, Martin Amis presentaba El segundo avión y se abría la Feria Internacional del Libro Infantil... parecía que, después de todo, la cultura y no el marketing y la propaganda se estaba haciendo un hueco entre los valles de este país carcomido por el frío. Así que sí, es una gran idea la visita teatralizada al cementerio. Es sólo que esas velas que encienden para mantener el recuerdo en los difuntos podrían servir también para alentar la fe en los que aún seguimos aquí. Aunque puede que sea que, como ocurrió con Leteo, no nos creamos a nosotros mismos. Miren a ver dónde comienza el epílogo.

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