Inesperada colección de cuentos

nicolás miñambres
Es inesperado el apéndice Procedencia de los relatos, relación de los quince premios recibidos. Su lectura confirma tal reconocimiento, aun contando con la extremada extensión y la peculiaridad de su forma y de sus temas. Y es sorprendente el título del libro, tan mecanicista, pero aplicado al alma. El amor provoca situaciones felices y motivos dramáticos, con una gran esperanza, como un anticipo poético: «Y en ese pétalo y en estas líneas quiero dejar ahora, unidas para siempre…». Sigue una buena muestra narrativa en el segundo relato, El traje, elaborado con los recursos de una prosopopeya, presentada a veces casi como animalización.
En los cuentos abundan recursos expresivos utilizando el misterio y el arte, como el caso de Concierto para sirenas. O el eco, en otro caso, de unas palabras misteriosas: «Pero en mi memoria resuena toda la música áspera de sus palabras, la solemne ronquera de aquella voz ritual». Surgen las curiosas situaciones que origina el divorcio, en Ritos de iniciación, narrados por el hijo, con un matiz expresivo, casi traicionero: «Mamá no sabe que la espío». Si hay narraciones que aprovechan el significado estético de la música o la naturaleza, hay otras, como El síndrome Kandinsky, centradas en el hálito de la pintura. O la fotografía en el caso del relato que acaba con una rara petición de la abuela: «Con la imagen hacia mí, que me toque la hierba», frase muy evocadora. Y vemos el mundo onírico, los milagros de los momentos felices, en El esqueleto de un sueño, que crea el personaje: «Confinado en su silencio, Evaristo parecía no dar tregua al desvarío. Se obstinó en la insensatez. Echó raíces en el resbaladizo terreno del delirio». Pero hay una clave que lo explica todo.
El penúltimo relato, La batalla de Stalingrado, se localiza en el escenario de la guerra, aliviado por el sonido del violonchelo de Igor, de tono trascendental, que exclama: «Es la única herida de la que nunca he querido recobrarme».