«Comida no nos falta, el problema son las facturas de luz y gas»
Treinta y seis años de «asistencia a transeúntes y marginados». Así comenzó una labor que llega a más de 140 personas diariamente.

José García, Antonio Sánchez, Sergio González, Luz Álvarez, Isaac Moure, Pilar Castro, Paquita Terrón, Ana Álvarez, Fernando Frá y Victorina Merayo. ANA F. BARREDO
Siempre, siempre hay un gran equipo ‘en la sombra’ que antepone la recompensa del valor del trabajo que realiza al precio de una labor que resultaría impagable para la administración. Personas voluntarias que convierten los lugares de exclusión social en hogares esporádicos o permanentes. Y lo hacen de manera callada, sin ínfulas, en silencio, haciendo honor a la vida del santo que da nombre al Hogar del Transeúnte y Comedor Social San Genadio de Ponferrada. Una red de trabajo en la que no es infrecuente que las personas que acuden como usuarios se queden después para echar una mano.
Cada año sirven 51.830 menús, entre comidas y cenas, a una media de 40 usuarios diarios que acuden al centro y otras 111 personas que se llevan los tappers a sus casas. Además, el centro dispone de 30 camas limpias y dispuestas para que nadie que lo necesite duerma en la calle. El Hogar del Transeúnte se abrió hace 33 años y el comedor sirve menús desde hace trece.
En la foto aparecen una representación de todas las personas que están o han estado en todos estos años dedicando su tiempo a una labor social solidaria. Actualmente hay quince personas voluntarias que hacen posible que funcione el engranaje de toda la maquinaria. Todo está perfectamente organizado: los turnos, las labores de cada uno y los horarios para que la comida esté servida en el plato cada día y nunca falte y el centro esté limpio y en condiciones para atender a las personas que llegan. Además de los voluntarios, el Centro de Inserción Social de León envía a reclusos que están en régimen abierto y tercer grado penitenciario para que cumplan parte de su condena con labores en beneficio de la comunidad. «Alguno se ha quedado después como voluntario», asegura Fernando Frá, voluntario y administrador desde los inicios del centro.
En la foto de este equipo en la sombra falta hoy Antolín de Cela rector de la Basílica de la Encina de Ponferrada y director desde los inicios del hogar en 1987. De Cela se encuentra convaleciente de una intervención quirúrgica, pero su labor está presente en este reportaje con la fotografía en la que recoge el premio al Desarrollo Social y los Valores Humanos que Diario de León concedió al hogar en el año 2012.
El premio del Diario de León nos ayudó mucho más de lo que la gente cree
« El premio del Diario de León nos ayudó mucho más de lo que la gente cree. Visibilizó nuestro trabajo y la labor que hacíamos que quizás nosotros no supimos hacerlo. A raíz del premio nos empezaron a llamar de muchos sitios para hacer donaciones de alimentos. Fue un revulsivo muy grande que nos dio a conocer».
El Hogar del Transeúnte se fundó en 1987 con motivo de una campaña de Navidad de la Diócesis de Astorga. La Basílica de la Encina cedió un local y tras la realización de las obras de acondicionamiento en 1989 se constituye el Patronato auspiciado por el entonces obispo Antonio Briva Mirabent. En la primera reunión del Patronato se nombró a la comisión permanente formada por Antolín de Cela, rector de la Basílica de la Encina, representantes de Cáritas, un administrador nombrado por la Hermandad de Jesús Nazareno, que recayó en Fernando Frá, y un representante de las instituciones. Los objetivos del hogar se fijaron en «asistir y reeducar a transeúntes y marginados de la comarca del Bierzo».
El centro empezó su andadura el 24 de mayo de 1991 como hogar del transeúnte con cenas y alojamiento. «Pensado para los que venían de paso, buscando trabajo, o los que salían de la cárcel y los hospitales y no tenían a dónde ir». Fernando Frá recuerda que en el 2008, coincidiendo con el centenario de la coronación de la Virgen de la Encina, al servicio crece con el comedor social. «La casa es propiedad de la Basílica de la Encina, que cedió la planta baja, un almacén y el primer piso, donde se hicieron las habitaciones. Las obras se pagaron con ayudas y con las colectas de las parroquias.
Lo que comenzó siendo un espacio para 8 ó 10 transeúntes se transformó en una fuerza más grande. Antolín de Cela y yo, ya jubilado, le dedicamos todo nuestro tiempo a esta proyecto que hoy se ha convertido en un hogar con treinta camas y un comedor social». Pero faltaba la atención a los niños y niñas de las familias en riesgo de exclusión. Y la solución llegó con la apertura del servicio de tappers. «Son familias que duermen en sus casas y vienen a por alimentos porque han perdido el trabajo por las crisis, que son la mayoría. Se les prepara la comida y se la llevan en tappers para que las coman con sus hijos en sus casas». Cada día se atienden a 40 personas en el comedor, otros duermen en el centro y 111 se llevan la comida y la cena preparada a sus casas. «En los meses de octubre y noviembre nos aumentaron mucho las familias cubanas y sudamericanas. Los transeúntes, que se quedan a dormir, suelen permanecer dos o tres días. También nos derivan personas que salen del Hospital y están a la espera de que llegue la orden para una plaza en un centro sociosanitario».
La labor de estos voluntarios ha ido calando en la sociedad berciana. «Algunos transeúntes los traen los policías si se los encuentran en la calle. Los recogemos a la hora que sea porque existe una gran colaboración con las fuerzas del seguridad. Siempre hay personas que prefieren dormir en la calle para no ajustare a horarios. También acogemos a mujeres víctimas de violencia de género, o personas que nos remiten las asistentes sociales del ayuntamiento o de otras parroquias».
Las camas se llenan prácticamente todos los días y el servicio está al cuidado nocturno de la única trabajadora con sueldo que tiene el centro, Ana Álvarez, que es la encargada de estar al cuidado nocturno de los transeúntes y de diseñar el menú que se va a comer al día siguiente. El resto del personal de limpieza, administración, transporte y cocina, entre otros, son voluntarios.
La comida nunca falta en el comedor, los donativos de particulares, comisiones de fiestas, asociaciones y empresas del sector no fallan. Mercadona, Covián, Cárnicas Prieto, La Campesina y las panaderías Liébana y Pulido les mantienen siempre llena la despensa. La Caixa les compró una cámara frigorífica que les permite congelar y mantener grandes cantidades. «El problema grave lo tenemos para afrontar el pago de la luz, el gas y los gastos de la seguridad social de la trabajadora». El alquiler de la casa no cuesta nada, porque es propiedad de la Basílica de la Encina, el servicio de Lavandería lo realiza gratis el Hospital La Reina y el Estudio Técnico Mercantil les lleva, también gratuitamente, todo el papeleo administrativo.
El hogar tiene un presupuesto anual de 30.000 euros. La Junta de Castilla y León ayuda con 12.000 y el Ayuntamiento de Ponferrada con 7.000. También se nutren de donativos particulares, que ayudan a cuadrar los gastos. «Esta casa, como todas, ha visto crecer la factura de la luz y el gas con las subidas. Aquí no pueden parar para preparar los menús. Sin el trabajo y el esfuerzo del voluntariado sería imposible llevar a cabo esta labor social».
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