Diario de León

EL RETROVISOR

Crioclastia del capitaloceno

Alpacas en la nieve.

Alpacas en la nieve.David Campos. 2025.

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Alberto Flecha

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Todo empezó con una montaña. Porque algún día fue el primero en que se rompió la horizontalidad de la tierra, y se quebró la roca sometida a fuerzas inimaginables, levantando placas y piedras, deformando la materia dura, reventando la masa calcárea, moldeándola, deshaciéndola y forjándola en forma de un hito anclado en el horizonte.

Y todo ello en medio de un estruendo ensordecedor. La tierra tiene sus tiempos. Y nace y crece y se desarrolla con una velocidad que ora escapa al ojo de los seres humanos ora le revienta la mirada. Así ha sido el Cenozoico: lo mismo una placa que avanza un centímetro cada millón de años, lo mismo un volcán o un terremoto. Así se formaron las diaclasas por las que empezó a correr el agua. Hay un laberinto bajo la montaña. Hay un laberinto como las venas de un enorme dinosaurio. Es una roca gigantesca que late lento, como un corazón duro y antiguo. Hay un laberinto de canales y ríos subterráneos que llevan a la superficie. Y que afloran a través de una piel porosa de humus, de líquenes y raíces. Que ascienden por la xilema y la madera, que llegan a las hojas, y que desde allí se expanden al aire, y también a la luz. Este fue el trabajo del Cenozoico, antes de que llegaran los seres humanos. Y así recibimos el paisaje. Y después lo transformamos. Porque ahora es el tiempo del Capitaloceno y nada se escapa a nuestra presencia sobre la tierra. La obra de la apropiación, de la obra humana sobre el paisaje, de su aprovechamiento, de su explotación. Los elementos de la montaña ya no se miden en milenios, lo hacen en unidades de inventario. El agua que antes fluía ahora se estanca: se pudre muerta en un silo de plástico. Se cortó un flujo antiguo, se estranguló el paisaje y la naturaleza. Ahora, el territorio se lee como un código de barras. La montaña ya no es un hito, sino un recurso en espera de ser procesado. Es el tiempo de los grandes arquitectos del vacío, de quienes proyectan desde despachos en cristal y silicio un mapa de espejos negros para alimentar el hambre eléctrica de un continente. Pero antes de que lleguen los paneles, llegaron estos quistes. Mira esas masas cilíndricas: son el fetiche rosa de la logística, cápsulas de materia orgánica asfixiada por el petróleo. Cada alpaca es una unidad de almacenamiento de energía solar indirecta, empaquetada, numerada y abandonada sobre la nieve como un residuo del futuro, uno que está a la espera de venir en forma de artilugios más sofisticados, de placas fotovoltaicas, de molinos. Es la nueva crioclastia. Ya no es el agua la que expande y rompe la roca desde dentro; es la presión del capital la que revienta las costuras del paisaje, fragmentándolo en unidades vendibles, convirtiendo el latido del Cenozoico en un inventario de plástico bajo un sol que ya no calienta: un sol que solo factura.

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