Arturo Fernández, un leonés en el control de Orión: "A pesar de todas las mejoras tecnológicas, estas naves son prototipos, el riesgo es enorme"
Arturo Fernández es ingeniero de sistemas de potencia de Artemis II en Houston

Arturo Fernández, en la sala de control de Orión en la Nasa.
Arturo Fernández es ingeniero de sistemas de potencia de la misión Artemis II en Houston. Ovetense (Oviedo, 1972) de origen leonés, trabaja en la ESA como jefe de la División de Sistemas de Potencia, EMC y Medios Ambientales Espaciales y lleva dos años trabajando para Artemis.
—¿Cómo vivió el lanzamiento de Orión?
—Mi turno era el siguiente a la secuencia de lanzamiento. Toda la parte del equipo que estábamos esperando para sustituir a nuestros compañeros estábamos en una sala adjunta al centro de control siguiendo las imágenes y con el audio del centro de control. La sala estaba en silencio porque el momento es muy tenso, es uno de los más peligrosos de toda la misión. Cuando por fin nos desconectamos de la primera etapa del cohete, hubo una explosión de aplausos. Pero eso es todo, la misión continúa y todo el equipo entraba en el siguiente turno en pocos minutos, no hubo más celebración que esa.
«En el control tengo que escuchar dos o tres conversaciones simultaneas y filtrar la que me interesa en cada momento, es extenuante»
—El mundo entero estaba pendiente de ese momento. Diez minutos antes de la cuenta atrás el reloj se paró y los comentarios que llegaban lo atribuían a problemas técnicos. ¿Qué pasó?
—Realmente no había ningún problema. Esas paradas del reloj están establecidas y ocurren en momentos en el que todo el sistema es estable y puedes parar la cuenta sin problemas. En ese momento, la directora de vuelo hace una última llamada a todos los sistemas uno por uno, tanto de Orión como del cohete SLS. Es el momento de asegurarse de que estamos en condiciones de lanzar. Todos los sistemas estaban bien con lo que se decidió seguir adelante. En ese momento hubo una última llamada a los astronautas para desearles suerte con unas palabras muy emocionantes de la directora de vuelo.
_¿Y qué les dijo?
—Les vino a decir que iban a hacer historia, que representaban a toda la humanidad y todo el equipo de tierra estaba con ellos.
—¿Cuál va a ser su trabajo en esta misión?
—Cada sistema de la nave Orión tiene una consola en la sala de ingeniería del centro de control. En la consola se monitorizan todos los parámetros de cada subsistema y, cuando ocurre alguna anomalía durante el vuelo, tienes que investigar que es lo que ha pasado y, si es necesario, proponer alguna solución. En mi caso, yo me ocupo del subsistema de potencia. Este es el que se encarga de proporcionar energía a toda la nave.
—¿Cuántos momentos críticos vivirán los astronautas en esta misión?
—Los momentos en los que hay que activar el sistema de propulsión para cambiar la trayectoria son críticos ya que, si algo va mal, puedes terminar en una trayectoria distinta a la que necesitas para llegar a la Luna. El primer día de misión hubo un par de activaciones para elevar la órbita y el segundo día se inyectó a la nave en la trayectoria trans-lunar (TLI). Ese era un momento muy crítico. A partir de ahí, ya estamos en dirección a la Luna y la vuelta también está lista. Pero sin duda, la reentrada en la atmósfera terrestre va a ser el otro momento de máxima tensión y máxima peligrosidad. En ese momento el escudo térmico va a alcanzar temperaturas de varios miles de grados y cualquier problema en ese momento puede ser muy complicado.
—El día del lanzamiento comentó a este periódico el esfuerzo tecnológico para esta misión. ¿Por qué se ha tardado más de 50 años en volver a la Luna?
—Las misiones tripuladas son extremadamente caras. Solo suceden cuando se dan una serie de circunstancias geopolíticas y la sociedad cree también que está justificado. En los años sesenta, EEUU estaba en plena guerra fría contra la URSS y después del vuelo de Gagarin, el gobierno y la sociedad entraron en pánico al pensar que había naves volando por encima de ellos. Esto facilitó que el presidente J.F. Kennedy se embarcase en la carrera para llegar a la Luna antes que los soviéticos. El coste total del programa Apolo (1960-1973) fue de aproximadamente 25.400 millones de dólares de la época, lo que equivale a más de 257.000 millones de dólares ajustados a la inflación de 2020. Esto equivale al presupuesto completo de la ESA durante 34 años. Una vez que se hicieron 7 vuelos a la Luna y se consiguieron todos los objetivos, no había justificación para seguir con el programa. Además, las circunstancias económicas a principios de los setenta ya no eran las mismas. En Artemis se dan una serie de circunstancias conjuntas. Por un lado, se había acabado el programa del transbordador espacial y la NASA no tenía ningún programa activo para llevar astronautas al espacio. Pero además, China estaba haciendo progresos enormes en su programa espacial y también ambiciona poner taikonautas en la Luna. Eso ha dado lugar a una nueva carrera espacial donde claramente EEUU quiere volver a la Luna antes que China. Las mejoras tecnológicas de los últimos años hacen posible reducir un poco el coste del programa Artemis, a pesar de que sigue siendo enorme. La visión técnica también juega un papel fundamental en esto. Cada misión espacial busca siempre nuevos retos tecnológicos para seguir avanzando. Cada nuevo satélite o cada nueva nave intenta buscar nuevos límites en la tecnología que usa. Ahora se necesitaban nuevos retos tecnológicos y la exploración Lunar es el primer paso para intentar ir a Marte en un futuro, que es realmente el objetivo a largo plazo. Si ir a la Luna es costoso, ir a Marte lo supera en varios órdenes de magnitud y también en complejidad. Nos falta mucha tecnología para poder hacer eso y la Luna ofrece un campo de pruebas más asequible para ir probando todas esas nuevas tecnologías. Artemis es solo el primer paso en ese camino. Había que volver a construir todo el cohete y la nave con la tecnología vigente para llevar humanos a la Luna. El siguiente paso es construir allí una base aunque el plan original era empezar por una estación espacial en su órbita.
—¿Han tenido ya algún mensaje de la tripulación tipo ‘Houston, tenemos un problema’?
—¡Afortunadamente no! No quiero ni pensarlo. Ha habido solo pequeñas anomalías que se resuelven en poco tiempo y que no afectan gravemente a la misión.
—¿Qué significa para usted estar entre los profesionales que trabaja para la misión?
—He tenido una suerte enorme al haber sido yo el que daba soporte técnico del sistema de potencia para esta misión. Esto sólo pasa una vez en la vida de un ingeniero así que lo estoy viviendo con agradecimiento, una ilusión enorme y también la responsabilidad de hacer las cosas bien y ayudar a que salga todo bien.
— ¿Se ve en la Luna?
—¡Ni loco! A pesar de todas las mejoras tecnológicas, estas naves son prototipos, ya que se fabrican muy pocas unidades. El riesgo es enorme y además, la vida en estas naves es muy poco glamurosa. El espacio disponible es mínimo y las comodidades son prácticamente inexistentes. Los astronautas son personas con capacidades muy especiales que hace que puedan llevar a cabo estas misiones tan peligrosas, bajo una presión enorme, y así todo manteniendo una calma increíble y ejecutando todas las tareas a la perfección. Sin duda me quedo en la Tierra!
—¿Cómo es un día de trabajo en la sala de control en Houston?
—Hay compañeros de la ESA, la NASA, Airbus y Lockheed Martin de distintas nacionalidades. Se trabaja como un equipo único. Estamos organizados en turnos para monitorizar la misión las 24 horas. Durante el turno, tienes que estar atento a todo lo que pasa en tu consola y a todas las conversaciones que están ocurriendo. Esto es bastante extenuante porque en general, hay dos o tres conversaciones simultaneas por el sistema de audio y tu cerebro tiene que filtrar la que te interesa en cada momento. Después de nueve horas así, acabas mentalmente agotado. Tienes que poner al día a la persona que te sustituye en la consola. Esto ocurre a la vez en las 22 consolas del centro de control y hay bastante bullicio. Cuando acabas, puedes irte hasta el día siguiente. No hay muchas opciones de hacer cosas fuera del trabajo. Cuando acaba la misión tienes la sensación de que definitivamente necesitas unas vacaciones.