CRÉMER CONTRA CRÉMER
Lo que importa es lo que sobra
UN PRESUNTO portavoz de concejales de nuestro ínclito y rara vez ponderado Ayuntamiento, descubre que el grupo de concejales, al cual pertenece, «está dispuesto a trabajar, tan ilusionados que los dedos se les antojen huéspedes. Nadie, absolutamente nadie de la docta y pacífica población leonesa duda de la buena fe, de la voluntad y disposición de los señores ediles como para rechazar tan esperanzadoras palabras. Que los señores concejales, alcaldes, presidentes de lo que fuere y hasta «Amigos de las Corporaciones», que también les hay, trabajan por el bien de los ciudadanos y adorno de la Ciudad es incuestionable y recibe la información de la disposición laboral municipal con palmas y ramos. Lo que suele ocurrir y hacia ese extremo quisiéramos llevar la atención de los ilustres miembros de todas las Corporaciones, Asociaciones, Fundaciones y Cofradías, no es hacia el catálogo de gestiones, proyectos y sugestiones que todo buen ciudadano se suele hacer en sueños, sino lo que el tal Municipio o la cual Asociación, sea de vecinos o de agricultores, está dispuesta a derogar, a suprimir, a borrar del mapa ciudadano, en vista de lo inadecuado, de lo erróneo, de lo estúpido del acuerdo que lo permitió en un día nefasto para la historia urbana de la ciudad de León. Lo que de verdad de verdad le interesa al vecino, al contribuyente, no es lo que se proyecta, como los territorios tecnológicos, los trenes de velocidad de vértigo o la construcción de viviendas para chicos y chicas, sino todo aquello que además de costarnos un huevo y la yema del otro, no sirve más que para acoger a una partida de muchachos en flor que andan por el mundo sin tener trabajo. Para acabar con ese paro obrero obligatorio, se inventan comisiones, se proyectan puentes sobre el Río Kuai, se erigen palacios y se programan «encuentros» de mucho boato y de escasa o nula utilidad... «Tantas idas y venidas/ tantas vueltas y revueltas/ quiero amiga que me digas/ ¿son de alguna utilidad?». Pues no. Y con un criterio selectivo apto para andar por casa, el municipio que de verdad quisiera renovarse antes de morir y conseguir que la Ciudad brillara con luz propia, debiera plantearse la proposición, sí de ley, por la cual fuera posible y aún obligatorio, eliminar de las numerosas nóminas y de las asociaciones de ocasión, montadas al aire para acogimiento de huérfanos, tantísimos objetivos turbios, torpes y carísimos. Lo fundamental para la buena marcha de la ciudad no es montar tiberios para que el hijo del amo disponga de un medio generoso y seguro de vivir, (aunque el índice de parados supere el millón y medio de seres al pairo), sino instrumentar mecanismos de selección a fin de que no queden en presupuesto sino aquellos trabajos, aquellos montajes que verdaderamente la ciudad necesite sin detrimento de la vida digna que puedan desempeñar los ciudadanos. A lo peor, ni los señores de la Sala Municipal, ni los alegres y desenfadados inventores de proyectos de humo, entienden correctamente lo que se desprende de estas reflexiones a la sombra de los castaños, pero en honor a la verdad debieran detener por un tiempo razonable y según el estado de los dineros del común, tantísimo gasto inútil, y cuantísimos juegos de ficción para vivir únicamente del cuento. Cuando se estrena un Organismo, sea éste local, provincial o nacional, lo primero que se expone al público para sugestionarle es la voluntad de los hombres públicos por imponer un radical proceso de economía. Y lo primero que se les ocurre, después de emitido el saludable mensaje del ahorro, es subirse el sueldo, las dietas y los gastos de representación... ¿¡No le digo lo que hay!?