Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Villaquilambre: ni hartos ni con hambre

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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TODO el mundo leonés conoce más o menos Villaquilambre, un pueblecito aupado sobre una loma o colina, al cual se llegaba entonces, cuando le recuerdo, en un conato de excursión. Resultaba un lugar tan grato, tan luminoso, tan cordial y acogedor, que los que a él llegábamos desde el áspero campo centenal de la Capital de la Provincia, o sea de León propiamente dicho, nos sentíamos como transportados gloriosamente a deliciosos huertos de clásica belleza. Villaquilambre, por lo que decían los agitados e ignorantes vecinos de la Gran Ciudad, con catedral gótica y Palacio de Justicia, no tenía problemas. Ha de entenderse por tales los que en la actualidad surgen como motivo de seducción electoral. Entonces, los habitadores de Villaquilambre, se dedicaban a la agricultura social o sea la que aparecía comprometida con las necesidades del lugar y a la ganadería de corta andadura. Y se decía que Villaquilambre resultaba el pueblo más feliz de la Gran Provincia. Me llevó a Villaquilambre la estancia en dicho lugar de un muy amigo mío y gran señor, diputado a Cortes, promotor de tradiciones leonesas, ex alcalde de la Capital y poeta. De ahí la atracción apasionada que por él sentía. Y como diera la casualidad -en León esta clase de reconocimientos y comparecencias no son frecuentes- de que por no recuerdo qué razón le habían concedido un nombramiento o un galardón o algo verdaderamente importante allí me fui a rendir homenaje. Hablo del Excmo. Sr. Don Francisco Roa de la Vega, al cual, por cierto, le andaba acosando el famoso «Ramos», de los guerrilleros clandestinos de nuestra última historia. Y en Villaquilambre fue el encuentro entre el caballista y el político, como tierra de paz. Y todo este historial viene a cuento o lo traigo yo, por el tormentoso cambio que se percibe en el lugar, por culpa o sinrazón de un toma y daca, de un proceso de censura, de una decisión de la Junta Electoral y de la pugna a muerte declarada pro el partido leonesista de Don Joaquín Otero, secretario general de la UPL, a cuenta de mantener sentado en el sillón presidencial a Don Lázaro García Bayón, un alcalde en funciones que, al parece, intenta convertirse en vitalicio. El pleito tan reiterativo y áspero ha conseguido provocar la curiosidad del resto del electorado, que se siente bamboleado de un lado para otro, por los unos, por los otros y por los de más allá, sin saber a qué atenerse ni qué valor real se puede dar a una autoridad como se supone que es la Junta Electoral Central de la cual dice el mentado señor secretario, que «lo que manda la Junta electoral es un papelín, de dudosa eficacia jurídica, del que discrepamos». Ante tan confusa algarabía y modales tan difícilmente ejemplares, el cotarro electoral leonés aparece sensiblemente alterado, como si no tuviéramos bastante con la operación a tumba abierta practicada en el Bierzo, por la cual han quedado en la cuneta los mejores y quedaron los poetas, que se decía en tiempos de Franco, Franco, Franco. Y oiga, nosotros, o sea el que suscribe, no tiene ninguna cuenta que saldar con ninguno de estos protagonistas de culebrón electoral. Me siento amigo de todos y cada uno y me duele que un juego tan divertido como fuera siempre el proceso electoral, se convierta en un azar de fulleros o de trileros. Porque las elecciones son cosa muy seria ¿no?

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