CRÉMER CONTRA CRÉMER
Salvador de Pablos acaba de morir
ME SIENTO crispado, rabioso, cabreado. Ha muerto en silencio, como mueren los hombres, un amigo, Salvador de Pablos. La Ciudad de León, en la que residía por razón de amor, de costumbre y de vocación, asistió a su final, completamente ignorante de lo que perdía, de lo que todos perdíamos. Y no porque Salvador fuera uno de esos personajes que figuran en todas las pantallas, en los Cuadernos de papel couché o en los telediarios, como sería si el difunto resultara alguna de las figuras y figurones que se pelean por aparecer en pantalla o en alguna de las páginas de los periódicos. Y es que Salvador de Pablos, era o pretendía ser humildemente, poeta. El poeta, que es cosa que todo el mundo está obligado a saber, es un dato en el calendario, que se borra así que suceden 24 horas después de su final físico. Salvador de Pablos López era -de eso sí que todos estábamos seguros - un poeta de la Poesía Secreta, de la que se alimenta de ilusiones, de deslumbramientos, de gozos amargos. Pertenecía a la casta de los poetas que, como anotaba Blas de Otero, (otro poeta para la memoria), «Luchan cuerpo a cuerpo con la muerte, al borde del abismo». Había escrito libros y declamado versos de un enfoque intimista pero abrumados de pesadumbres. En algunos momentos se le salía por los poros lo que le quedaba de una poesía social de la que se solía alimentar en los momentos de resplandor, y cuando el tiempo y la autoridad competente lo permitía, debatía sobre temas insolubles, como la justicia en la tierra y el amor entre todos los hombres. Cuando ya en las postrimerías de su vida, alcanzaba el galardón por un libro de cuentos, acudió a la inevitable presentación con el ánimo decaído, como si temiera que el público congregado se le sublevara y pidiera su cabeza. Y al cabo del evento resultaba que no, que los asistentes al acto de presentación, descubrían en él un escritor de ley, sin perifollos ni ensayismos, un escritor por vía directa, que es la que llega al corazón del lector. Y fue su triunfo. A partir de ese momento, la sangre comenzó a flojearle y se sintió como desvanecido entre las nubes de sus propias invenciones, de sus resplandecientes fantasías. Cuando una Ciudad, como esta nuestra, pierde un personaje de la talla humana y de la implicación cultural de Salvador de Pablos, algo muy importante y necesario, aunque no sea reconocido, se desprende de la arquitectura social de la Ciudad. Salvador de Pablos, que había mantenido viva y actual su voz en la radio durante tiempos nada fáciles, enmudeció un día y nos negó la voz y la letra de su mensaje permanente. Y no es que yo diga que mi barca sea la mejor del puerto, pero sí aseguro que es la que tiene los más bellos movimientos. Posiblemente allá cuando los tuteladores de la cultura en León, (ya de vuelta de sus descubrimientos y de sus aventurismos) decidan apoyar seriamente los signos a los guiños que las estrellas ofrezcan para el mejor ordenamiento cultural de la autonomía de Castilla y León, hoy un tanto dispersa, confundida y metida hasta la boca en el túnel del tiempo, tal vez, acaso, quizá, quién sabe, aparecerá en León un mecanismo capaz de aprovechar todos los valores que, desorientados o torpemente marginados, desnacen agónicamente en la ciudad de León y en la provincia leonesa, como este poeta Salvador de Pablos. Muerto y sepultado un día de primavera.