El paisanaje
Sí, quiero, pero ya vale
HAY MADRES que estos días no hacen más que encender la tele y llorar a moco tendido. No por la guerra de Irak, que no les sorbe el seso, porque para eso votaron a Zapatero, incluidas las del PP -ni una lágrima, Aznar, macho- sino por la real boda del príncipe don Felipe de Borbón y Borbón y Borbón de los Borbones de toda la vida, así hasta veintitantas veces, con la colega Letizia Rocasolano, hija de los futuros duques de Picapiedra, o algo así. Y no es para menos. Da igual el canal que enchufes, porque en la primera te sacan el futuro chalet de la pareja, muy apañao , según la abuela. En la segunda los detalles del traje de la novia recosido por un tal Pertegaz, al que, por cierto, no todos dejaríamos que nos tomara las medidas. En Antena 3 se dan todo tipo de explicaciones sobre Nacho Cano y su marcha nupcial, que naturalmente eclipsa a la de Mendelson. Y en Tele 5 dicen que Beckam y la Terelu están deprimidos porque ya apenas chupan cámara con tanto evento por venir. Hasta en los mass-media regionales como la televisión gallega se abren los noticiarios con la exclusiva de que en el convite se servirán nécoras con pedigree y albariño con árbol, o al menos, una parra genealógica de las Rías Baixas, mientras que Televisión de León hace ya tiempo que anticipó la participación en el tiro de la real carroza de un caballo percherón de raza bretona , de nombre «Jariss» adquirido en Francia por la Diputación en el 2002 por la tira de pasta gansa para mejorar la raza autóctona, pero que luego se desgració como semental a las primeras de cambio. Costó un huevo en impuestos, aunque en plan carroza todavía puede servir a la monarquía, según cierto veterinario republicano que es de la escuela de don Félix Gordón Ordás. Para las madres demócratas la ceremonía del día 22 -ay, Santa Rita- significa la unión entre el Pueblo y Realeza por la Iglesia, todo con mayúsculas, así como suena, casualmente como en los Estados Generales del Antiguo Régimen, ya ve usted. Oh, là, là y quién lo iba a decir después de la Revolución Francesa. Y para las más entrañables y sentimentales representa la reconciliación con tal o cual hijo o hija pródigos. Más de una familia en la próxima Nochevieja seguro que brinda con frases del estilo de: «hijos míos, la primera vez que os casasteis vuestro padre y yo tiramos la casa por la ventana, con ni me acuerdo cuántos invitados, tal vez más de mil, contando los langostinos; en la segunda hubo que restringir los tarjetones del convite a cuatro y el cabo entre parientes y enemigos íntimos; y, ya en la tercera vuelta, contando hipotecas y pensiones alimenticias de divorcio ya sólo fuimos nosotros y el apoderado del Banco de Bilbao de padrino». Se espera de las madres más modernas que rematen el discurso con un «hijos míos, el campanazo ya nos lo habeis dado tres veces a vuestro padre y a mí, pero esto pasa hasta en las mejores familias y después de la boda real nada os impide, según la vecina, llegar hasta las doce campanadas, así que todos a la cama y feliz año nuevo nupcial hasta que os atraganteis de una vez». El país está a uvas con lo del príncipe y Letizia, tanto que hasta al ministro de Hacienda, que es el cajero mayor del Reino, con fama de rácano, le da igual gastar dos millones de euros que veinte en arreglar la fachada del palacio real -ojalá que dure- sólo para un día. Eso sin contar el convite, la batería de cocina de la mansión, que tampoco va a ser manca, según el servicio, y la toma de la bastilla del modisto Pertegaz. Por lo que uno ha podido leer estos días, y no le ha dado tiempo a leerlo todo, en España sólo hay dos -tres con un servidor- a los que les da igual no haber sido invitados a la boda. Uno es el líder de IU, Gaspar Llamazares, que, a mayores de no ir a misa de doce, tampoco sabe pelar una naranja a los postres con cuchillo y tenedor. El otro es el cantamañanas Joaquín Sabina, un tipo sentimental, pero que no se levanta hasta la una de la tarde. Cuando le preguntaron el otro día en la tele su opinión sobre la boda del siglo se limitó a responder un tanto intempestivamente: «¿querrá usted decir la del siglo XIV o tiene algo más que preguntarme?». Y no hubo más preguntas. Uno, como es del pueblo o, más bien de pueblo, sólo espera que acabe todo esto lo antes posible. Y llegar a viejo, andando el tiempo, mientras oye en el telediario lo de «la reina y yo...» comentándole a los nietos aquello de «éste es igualico que su padre». Si por entonces viviera todavía Jaime Peñafiel, hasta podría explicarles lo del protocolo: «mirad, hijos, entender España es como saber quién manda en casa y por eso yo siempre digo también lo de la abuela y yo... tal y cual». «Será por algo», saltó como un rayo mi sobrina nieta, la Leti.