La molicie
LA VIDA MUELLE es uno de esos buenos títulos de novela que uno reserva para no escribirla jamás. Lo de «muelle» era término que gustaba de utilizar hasta la hartura un profesor de traje talar que tuve en el bachillerato. Seis años se pasó el tío entre filípicas, homilías tremebundas y una sistemática acusación que nos hacía: «Tenéis una vida muelle». Utilizaba esta palabra en la tercera acepción del diccionario: blando, cómodo, agradable, relajado... Este muelle viene de «molicie», que es la forma culta de llamar a la excesiva comodidad y regalo en la forma de vivir. Nuestra vida muelle era levantarnos a las siete de la mañana, encalzonarnos con un meyba (pantalón de deporte no existió en mi tiempo ni en aquel colegio), dar una carrera a oscuras campo a través entre viñedos y tomillares, ducha de agua fría acto seguido y a misa, cuatro clases matutinas, tres vespertinas y una hora de estudio en sigilo, ensayos de escolanía, clases de piano en tiempos de recreo y una comida de internado con lentejas pocas y cocosas muchas veces. Comparando esta vida en un colegio nuevo pero sin calefacción con la etapa estudiantil de aquel fraile trabucaire que leía encendidamente los panfletos de excombatientes y de alcázares, resultaba que nuestra existencia era muelle, pura molicie, jodó, y de puro sabañón teníamos las orejas como una morcilla asturiana y los dedos como botillos con gangrena. Al final, uno se convenció de que ciertamente llevaba una vida muelle y se iba a la cama con un complejo de culpa que nos atribulaba por no estar pasándolas más putas aún, ni pillar una de aquellas tuberculosis de los tiempos de la piojera. Éramos unos privilegiados y no había mayor pecado que aquella molicie en la que, al parecer, abundábamos. De todo esto me acordé porque anteayer estrenaron en no sé qué estadio de fútbol unos banquillos de jugadores de esos que parecen sillones ergonómicos de aeronave, mullidos (hé aquí otra vez lo de muelle), comodísimos y acogedores. La noticia y la gran novedad era que esas butacas del banquillo estaban dotadas de calefacción, es decir, son un sillón horneado y temperado que entrecalla el lomo y el culo para que el estrella y el galáctico no resoplen ni se resfríen. Manda pelotas. Y entonces recordé el banquillo y la caseta que tenía el campo del Puente Castro.