Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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EL PROBLEMA fue la televisión basura, y ahora lo es el espectador basura. ¿Qué hacer con el síndrome de abstinencia de los televidentes a los que de cuajo les quiten de enfrente los cotilleos, el morbo, la sangre, el sexo o el sexismo? ¿Existe la televisión sin Boris Izaguirre? ¿La diferencia entre Ana Obregón y María Zambrano son los pechos operados? ¿No resultan imprescindibles para seguir viviendo las vedettes de la tercera edad enamoradas de cubanos, los macarras trajeados, las exclusivas, las escritoras con la inteligencia justa para pasar el día acusadas de plagio y promocionadas por ello, las yonkees de alta sociedad y esos tertulianos capaces de improvisar una reflexión profunda sobre por qué fue demasiado drástico que una ama de casa americana le cortara el pene a su marido? Oh, ahora el Gobierno quiere proteger la mirada del televidente infantil pero, visto lo visto, ¿hay modo de saber exactamente cuál es el público infantil? Si, el Gobierno habla de poner un límite a la telebasura, pero esto parece que ha de ir acompañado de una paulatina, larga y bien pensada cura de desintoxicación del público. Lo que está claro es que algo hay que hacer ahora que toda la carnaza moral sale en cualquier momento por la caja tonta mientras las madres le piden a la tele que cuide de sus hijos. ¿Pero qué pasará con todos aquellos para quienes la telebasura es su forma de ganarse la vida sin dar palo al agua? ¿Les saldrá conciencia social? ¿Irán a la huelga? ¿Harán los adivinos, las brujas, las hijas reconocidas de las folklóricas, los guardias civiles con todo un master en braguetazos y el resto de la aristocracia del papel couché una manifestación con pancarta y todo? ¿Cobrarán el paro con el puño en alto? ¡Eso sería ya digno de otra novela absurda y vendible de Juan Manuel de Prada! Sí, necesitamos una buena depuración visual con agua y jabón pero eso no se puede lograr de hoy para mañana; precisamos mucho tiempo para desnarcotizarnos de tanta televisión nociva. Y por eso han de empezar por recordarnos qué era el buen gusto, la alta calidad premiable, el esfuerzo, la dignidad y la ética. Han de ponernos delante a nuestros verdaderos referentes sociales, intelectuales y morales; esos que verdaderamente sobresalen por su sensibilidad, su inteligencia, su profesionalidad, su iniciativa o sus ricos valores. En contra de lo que parece al ver la tele, hay personas admirables en nuestra sociedad, historias fascinantes; hay grandes mentes y enormes corazones; hay verdaderos ejemplos que sí merecen salir por la televisión porque son encomiables. Lo que no resulta de recibo es que precisamente nuestra televisión resulte el instrumento mediante el cual podamos ver la parte de los «famosos» que sería mejor esconder, y así aflore en nosotros lo peor que llevamos dentro, lo que nos impide mejorar y crecer. No hay forma de entender que sea la televisión, ese gran potencial informativo, recreativo y pedagógico de la sociedad moderna, la que se vuelva contra nosotros como una maldición lanzada al viento. Como un escupitajo tecnológico. Un medio de comunicación ha de ser todo un elogio del diálogo. Como tal, y en este momento histórico crucial y fronterizo, qué gran oportunidad tienen los medios audiovisuales de difusión masiva para hablarnos del mundo sostenible, del diálogo intercultural, de la imaginación como vía de conocimiento, del camino hacia la igualdad de sexos, de la ruta hacia nosotros mismos. Cuan urgente resulta que los más importantes conceptos del pensamiento moderno se extiendan por nuestra sociedad, y qué buen canal transmisor sería, a tal efecto, la televisión. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero eso sólo es cierto para las mentes más cómodas o superficiales. Uniendo palabra e imagen, qué buen instrumento potenciador de la sensatez podría ser la televisión en estos tiempos de cambio e intercambio. Tal vez entonces lo grotesco volvería a ser materia de ficción. Tal vez en ese caso dejaría de ser tan real el viejo aforismo de Woody Allen: «la vida no imita al arte, la vida imita a la mala televisión»... ¿De verdad nos librarán de la telebasura? Gracias por intentarlo.

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