CRÉMER CONTRA CRÉMER
Cartas sin destino
MI BUENA, GENEROSA Y AMABILÍSIMA señora: Tiene usted razón, toda la razón y nada menos que la mejor razón: la que promueven los sentimientos de solidaridad con todos los que sufren. Tiene usted razón que en esta hora mía de reclusión para intentar analizar algunos de los contratiempos que se interponen en el camino de todos los humanos, me doy cuenta de que escribir o hablar de otro trágico asunto que no sea el seísmo que destroza nada menos que siete países del sureste asiático, entre los que se cuentan por cierto alguno que formaba parte de la España aventurera, (Sumatra, Java, Borneo y Filipinas formaban el sorprendente ramo) entregarse, digo a analizar, a enderezar o a discutir sobre el sexo de los ángeles, nos parece, dicho sea con toda la prudencia un desvarío. Más de sesenta mil muertos alfombran aquellas tierras que fueron maravillas del mundo y sobre los arrecifes se corrompen los cuerpos más gozosos. Ante esta hecatombe, inevitablemente nos obliga a recordar aquel diluvio universal que acabó con un mundo corrompido... Y no podemos impedir que nos resulte vacío de todo lo que hay que tener, este mundo superviviente nuestro en cual se producen azares a los que atribuimos trazos de drama final. Por ejemplo, o si se prefiere, como muestra ejemplar, dio la naturaleza por encresparse y dominar todo el ámbito habitado por el hombre, con nieves, hielos, furiosos vientos y amenazas dramáticas, y nos dimos cuenta entonces de lo vano e ineficaz de todas las previsiones que la técnica proporciona. Se detiene la actividad humana, se clausuran los centros de decisión, se cierran los caminos y las nieves lo cubren todo, lo modifican todo, como si con esa decisión se pretendiera destruir todas las pruebas de nuestra vanidad sin sentido. Esos tremendos muertos, esparcidos por los mares y las tierras más bellas del planeta han sido la más cruel de las demostraciones de nuestra insignificancia ante la ferocidad de la naturaleza. Y todo esto y las guerras interminables de los bárbaros modernos, sucede, ante la impasividad de los llamados poderes y ante la amenaza de la gripe blanca o negra que se nos anuncia. ¡Ya ve usted, señora, nosotros que somos capaces de llegar a la luna y de traducir correctamente la ley de relatividad, sometidos por la gripe, que era o es un mal al pie del catarro. O asistiendo a la pelea de nuestros alcaldes por si se otorgan licencias o cubrieron indebidamente los opuestos de obreros de la limpieza, Parece de broma, pero es algo tan serio que ni siquiera el estremecimiento de la tierra y la destrucción de ciudades, consigue enderezar el cuidado de estos hombres elegidos por nosotros, para que se comporten más seriamente y dediquen sus posibles cualidades positivas a los fenómenos que de verdad mueven o hunden los mundos. Resulta, muy buena y genero señora, absolutamente obsceno comprobar como nuestros padrecitos de la patria pequeña (y de la patria mayor) se entregan a frivolizar sus puestos sin que nadie detenga su ineptitud. Porque la verdad del caso ha sido, señores de la sala, que todo lo sucedido y a lo que estamos amenazado es culpa exclusiva de estos figurantes en nómina oficial. Ni los conductores de automóviles, ni los trabajadores tienen culpa de nada.