PANORAMA
El caso de Dan Brown
CADA CINCO o diez años, la industria del best seller encuentra un filón y un autor salta a la palestra de las listas de los libros más vendidos. Una vez es John Grisham, otra Tom Clancy, otra Stephen King, otra Robert Ludlum, pero el resultado final siempre es el mismo, más o menos. Hace dos años comenzó la era dudosa de Dan Brown, que de momento sigue en el trono ganando dinero a espuertas. Tras el golpe editorial, el público se animó a leer Ángeles y demonios, pero el éxito se lo debe exclusivamente a El Código Da Vinci, inmenso filón de beneficios, superchería. y literatura. Es de temer que, ya puestos, los lectores se precipiten sobre obras absolutamente infumables del autor, como Fortaleza digital , cuyo único mérito estriba en que son tan espantosas que provocan risa a carcajadas. Si la leen los sevillanos, pues en su ciudad y su catedral se desarrolla el plato fuerte, comprobarán los estragos que puede causar en la imaginación un turista de las letras, pero no es el primer caso de sandez en la ficción literata. A propósito de España, el premio de la idiotez lo disputan seguramente un tocho infame de Clancy sobre un golpe de estado en Madrid y una fábula analfabeta de Sheldon sobre monjas y etarras, muy aconsejable para hacer penitencia durante estas vacaciones de Semana Santa. Con este panorama, es comprensible que los católicos, y sobre todo los miembros del Opus Dei, estén que trinan con El Caso Da Vinci , aunque el acontecimiento editorial mantenga llenos ahora centros de religión antes descuidados. La iglesia de San Sulpicio de París, y no es la única, cobra 10 euros a cada turista deseoso de verificar en sus criptas los signos que Dan Brown presenta como prueba de la gran conspiración de siglos según la cual el Vaticano se basa en la ocultación y el Opus en el crimen organizado. La idea de conspiración es uno de los trucos más manidos e insoportables del best seller, de Fu Manchú a Ludlum (que, al menos, escribió una novela divertida sobre un complot para secuestrar al Papa). Que el truco siga camelando confirma, aparte la oportunista habilidad de Dan Brown, que el alma de los lectores necesita teorías que la pacifiquen, y esto explica igualmente la amplitud de la majadería y la persistencia del deseo de fabulación que es fundamento de la literatura, incluida la muy mala. Lo sorprendente es que egregios representantes de la Iglesia católica hayan lanzado una cruzada para atajar los medros de Dan Brown. No les preocupa la mala escritura ni la documentación dudosa y en ocasiones disparatada que aduce, sino que la gente se trague lo que cuenta, y aquí sí tenemos derecho a echarnos a temblar. Pues si la Iglesia de Roma teme que las elucubraciones de un autor mediocre como es Dan Brown hagan tambalear su propia leyenda, es que no sabe superar el estadio de ficción. Uno de los grandes problemas intelectuales del catolicismo es que suele asociar la fe a filosofías baratas, lo que, al revés, lo autoriza a argumentar teológicamente extremos terrenales del tipo del Plan Hidrológico, como dio a entender Juan Pablo II en una de sus reconvenciones recientes. Pero es que ahora pretenden que su doctrina funcione como un best seller. Si no, no se entendería que el best seller tenga que respetar su doctrina. Que San Pedro, antes de que cante el gallo, nos coja confesados.