LA GAVETA
Leoneses intrépidos
PAISANOS NUESTROS que pocos conocen han hecho de su vida una aventura. Son leoneses que entendieron pronto que el hombre es una búsqueda; también que esa búsqueda sólo es posible en el riesgo, en la libertad. Yo quería ahora recordarlos a todos, bien se lo merecen, pero sólo unos pocos caben aquí. Empezaré por Jacinto Lebanza, de la ribera del Porma. Leonés de gran fe, no se sintió completo en su tarea de fraile, allá en Aragón, y dejó convento y regla para ofrecerse como hombre de bien por las favelas de Rio de Janeiro. Allí trabaja Jacinto Labanza, donde hace cosas diferentes: pone paz entre bandidos, da de comer a ancianas enfermas, recoge basuras, canta para los tristes, escucha a proscritos y locos. Hace días me dijo por teléfono que nadie en el mundo era más feliz que él, no teniendo nada. «Ni la nada tengo» dijo burlonamente. Muy diferente a Jacinto Lebanza es la vida de José Chantre Arias, zamorano que vivió desde niño en La Bañeza. José Chantre Arias se buscó a sí mismo en los excesos; quería conocer otros límites. Y sintiendo que esos excesos eran difíciles de alcanzar en la España de Franco, que fue la suya (hoy Chantre Arias es casi un anciano) se marchó a París. Allí empezó su camino rumbo al sexo más desatado, a las camas redondas y al desvarío. Y todo eso lo tuvo Chantre Arias, camarero de garitos, atento siempre a las posibilidades de la transgresión. Me consta que Chantre Arias no cedió nunca en ese propósito. Aunque también me confesó que no logró la dicha. Completa. Adoración Alborada, de León capital, cifró en la distancia su destino. Ya desde niña le hacía ilusión ser la leonesa que viviera más lejos de su tierra. Veía misterio en eso, una ruta fiable hacia algo parecido a la eternidad. Y se plantó en Auckland, Nueva Zelanda, allá por 1970, con apenas veinte años. Se instaló en la periferia, trabajó de obrera, luego no trabajó de nada, ahora vive sola de su pensión de incapacidad. Adoración Alborada nunca volvió a León y a veces juega a perderse por los vastos bosques de la isla. Sueña con no aparecer viva. Pero tampoco muerta. Algo diferente, me dijo hace años, cuando recibí su última carta. Otra mujer se une a este desfile heterogéneo. Se llama María Placer Redelgas, nació en Astorga en 1936. Ingresó casi niña en la orden de las misioneras remediadoras y trabaja desde muy joven en el África más remota: el alto río Congo, las inquietantes demarcaciones de la república centroafricana. Allí su bondad de nácar resalta sobre el verde de la selva, sobre el río oscuro. Y nunca se cansa, y no puedo dar más datos. Ella se enfadaría. Termino esta relación evocando al más inexplicable de estos leoneses sublimes. Es un hombre que ha encontrado el fin del mundo en su corazón, en su cerebro. Y que, por eso, no ha salido de Ponferrada, la ciudad donde nació, barrio de La Placa. Allí vive y se pregunta Cecilio Cezura. Cecilio, que cerró la puerta de su pequeña vivienda cuando se quedó huérfano, va para treinta años. Y a quien nadie ya recuerda porque nunca salió de su hogar. Una mujer, su hermana, pasa cada ocho días con viandas escondidas, le ordena la casa. Él, Cecilio, piensa y camina por el patio sin miedo porque no tiene vecinos. Tampoco tiene calendarios o libros, ni televisor ni radio. Sólo cuadernos donde a veces anota sus reflexiones acerca del día en que murió su padre. Qué pasó ahí. Conoce cada minuto de aquella fecha, casi cada segundo. Todos ordenados, todos como fuentes de las que surge la verdad y el amor, la belleza y el tiempo, la melancolía y la nada. Cecilio Cezura vive en el exceso de la memoria, en su delirio fecundo. Es el más arriesgado de todos. El más sabio, probablemente.