Diario de León
Pedro García Trapiello

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PUES dejadme solo. Podré. Padre está loco, dijeron los hijos. Uno a uno moveré los morrillos, limpiaré las laderas, nivelaré la cuna del vallejo, pondré castaños en las cuestas y frutales abajo, junto a la acequia, habrá bancales en escalera, terrazas para que pare el agua y empape... y con todo el montón de morrillos del entresaque levantaré una presa en lo cimero para que el manantial se embalse en lagunilla y así no tendrá miedo la huerta de estiarse en sed y adobe cocido cuando agosto funda el plomo. Aníbal se llamaba el hombre, aquel soñador. Y lo hizo. Pidió mucho trabajo y acarreos ese sueño, pero al fin corrió el agua por las reguerillas y medraron los árboles. Padre no está tan loco; al menos nos enfartucamos gratis con patatas. Murió el padre y ninguno de los hijos zampatortas arrimó reojo o cuidado al sueño para que no muriera y despertara a la incuria. Se vició de maleza el sitio, se colmató el embalsillo y su aceña, se empadronó alguna roña en los árboles y se enmarañó de zarza y escoba aquella artesa de vallina con su fuente perpetua que, sin mear tanto como la buena moza, al menos hacía poza; y eso, que este sueño que digo está en un alto paramero donde manda el viento, la helada y el secarral de piedránganos entre arcillas. Hace ya sesenta años que Aníbal bordó su obsesión, el reto que le hizo grande para nada. Los castaños tienen ahora un porte respetable; se le inflaría el pavo subiéndose a la cancilla si los contemplara hoy. Siempre que veo este escondido pliegue de la paramera que verdea a pesar del abandono, imagino a alguien resucitando y rebrotando allí, rebozándose de orgullo en este jardín hortelano que tanto me recuerda a los cármenes en ladera que encandilaban a la moraima y a la mozarabía que sabía de convertir los sonidos del agua en arpa molinera o en frases líquidas de regato. El poblamiento más cercano está a varios kilómetros, aun estando no muy lejos de esta capital poblada de grúas que parecen esqueletos gigantes segando algo. Parece ese valle escondido el lugar perfecto para ensayar la autarquía levantando una cerca profiláctica de silencios que permitan resistir el asedio de la globalización y el imperio del «compre, aunque no lo necesite». Pero la autarquía hay que trabajársela. Y la libertad da miedo.

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