CORNADA DE LOBO
¡Se dispersen!
UN DÍA será verdad: León hará una réplica de esta catedral tres veces más grande, el mayor alarde gótico que jamás vió el hombre. No sólo es posible técnicamente, sino fácil. Junto a ella, allá en Las Lomas, crecerá un parque temático del gótico redivivo. Media Europa desfilará hasta este desafío que, además, será tenido por el emblema adversativo de la civilización occidental frente al islamismo oriental e insurgente. Toma. Aquí recalará Europa entera con sus centros de restauración, sus artistas de buril o cincel, arquitectos y canteros. Dineros habrá. Devociones sobrarán. Y los cinco mil metros de vitrales serán montados bajo el magisterio del vidriero Zurdo, a quien el cabildo parece echar reojos de anatema y condenar a tinieblas, aunque todos creemos que las vidrieras de esta catedral reumática serán todavía restauradas y mantenidas por quien ha venido demostrando criterio, saber y corazón durante muchos años. Pero hay quien entiende esta catedral como patrimonio particular y, lo que es peor, como tienda, como empresa; y claro, otras empresas acuden prestas a requebrarla, a requerirla con cuyundas de sacristía, dineros por medio y un diablo con roquete dando asperges. Hay bisbiseo por detrás... y también un cazo volando (que dicen es ángel). Por de pronto, ya hay taquilla y una recaudadora a la entrada que con la grosería propia de una sargenta botijina se acercó hace días a una docena de granadinos con quienes visitaba el templo; sin saludo o disculpa, ingresó en la charla increpándome: ¿está usted enseñándoles la catedral? Cuadrado quedé: pues no, estoy comentando algún aspecto. Pues no puede, indicó; para eso tiene que pasar por taquilla y pagar setenta euros. Jodó, petaca, me dije; y seguí. Volvió la furia a los dos minutos, ahora con espingarda, aún más insolente: he dicho que no pueden hacer grupo, ¡dispérsense!... o aviso al vigilante. O sea, la artillería. Quedé helado. Desde el franquismo de porra y tunda nadie había ordenado que me dispersara. Y lo peor, lo hice (con alguna blasfemia sorda). Al salir, les dije al acompañamiento señalando la fachada gótica: Hé ahí un negocio; es templo y hay mercaderes. Una vez pregunté ¿pero no son del pueblo estos monumentos?... Efectivamente, razón tienes, dijo un dignatario del cabildo: del pueblo... de Dios.