Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESTARIBEL bendito le siguen instalando al Papa en sus giras como si se tratara de un concierto de Estopa con su mística del decibelio, escenografía de multitudes, gran teatro parece. Es ceremonia triunfante y pompa mundana -piensa alguno-, grandiosa y desproporcionada para el vicario del hombre que sólo tuvo una túnica (el hombre feliz también tenía sólo una camisa, pero no le hicieron evangelios). Ese estaribel morrocotudo se queda chiquito y con pudores de monaguillo cuando se pone a «dialogar» con las catedrales civiles que están a su vera, catedrales descomunales, catedrales oceanográficas y de las Ciencias que fueron proyectadas ad maiorem gloriam civilis por Calatrava, arquitecto divino con su peana y todo. Hoy lo catedralicio es cosa de laicos, del estado laico, de los organismos civiles. Son auditoriums donde se cantan las vísperas del pueblo convertido en mero espectador (y en mero con patatas y papeleta); son museos de faraón con sacerdotes de la brocha y la performance; son palacios y basílicas deportivas, despampanantes edificios, despilfarro piramidal, grandes volumetrías para apabullar al pueblo peatón que se esnuca viendo la bóveda de la talla que tiene el poder. Este poder, al igual que lo hizo siempre la iglesia monumentalista, necesita acojonar al feligrés, al administrado, dándole con la magnitud en los ojos, que se entere. Siempre fue así. Todos se copian. Cuando el poder laico busca anonadar al ciudadano pretendiendo feligreses que acaten su doctrina, imita lo religioso. Le chifla su ampulosidad, verticalidad, sus ceremonias y revestimientos litúrgicos, togas-casulla, chaqués-dalmática... Muchísimos políticos parecen curas cuando predican en sus mítines (el resto se queda en locutor de altavoz de supermercado); el púlpito fue su escuela de oratoria. En la escenografía civil de un mitin hay presbiterio arriba y banco corrido abajo; el pueblo calla como en misa; hay altar elevado para concelebrantes y suelo raso para comulgantes (aún no se superó el gusto por aquellas gigantescas y eclesiales asambleas del pecé soviético donde se dejaba bien claro quién repartía las hostias). Hay ateísmos más religiosos que un dogma. Matar un dios para inventarse otro es ridículo; y ponerse uno mismo es delito de grandísima y soberbia necedad.

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