Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CESAR GAVELA
León

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Valencia, estos días, en el candelero. Pero yo quería hablar de una ciudad más intemporal, la que he ido conociendo en los treinta años en que vivo en ella. Desde aquel ardiente julio de 1976 en que, casi por azar, recalé junto al Turia, con veintitrés años recién cumplidos y la sensación de que mi tiempo en la ciudad sería muy breve. Pero me quedé. Y no me arrepiento, porque me gusta mucho Valencia: una ciudad que se ha convertido, en el último cuarto de siglo en una gran urbe. Valencia, que es una ciudad muy compleja. Aquí, por ejemplo, no existe una gran burguesía regionalista, como lamentan muchos intelectuales, comparando a la ciudad con Barcelona. Pero resulta que no existe porque, sencillamente, la gran burguesía valenciana es... española. Los valencianos, en general, se sienten muy españoles, sin dejar un ápice de ser valencianos. Esta armoniosa fusión de lo español y lo valenciano es, acaso, la mayor peculiaridad de la ciudad de Valencia y de toda la región. No sucede lo mismo, pues, que en Barcelona o en Bilbao, cuyas burguesías tienden al nacionalismo centrífugo (al margen de que pactaran con Franco en su momento, y de qué manera). La ciudad asume y ejerce sin conflicto alguno su doble condición cultural. Ahora bien, debo reconocer que existe un bastión en Valencia, muy desconectado de la sociedad, aunque relevante en el ámbito universitario, que propugna la entusiástica adhesión a Cataluña. Estas personas son nacionalistas, claro, pero de un nacionalismo más catalán que valenciano, lo que no deja de resultar insólito en una tierra que hace 768 años que se configuró como reino propio. Un autogobierno que duró casi medio milenio, y que ahora continúa a través de la Generalitat Valenciana. Mas, dejemos las cuestiones políticas. ¿Cuál es la cotidianidad de Valencia para un leonés que lleva tantos años aquí? Yo hablaría de una ciudad liberal. De costumbres, desde luego. Una ciudad donde el sexo no suele ser causa de tormento, y sí de gozo, para sus vecinos. Eso ya no es novedad, felizmente, en la España contemporánea, pero sí lo era más cuando yo llegué a esta urbe tan romana. Se palpaba en el ambiente una naturalidad honda y pacífica. Porque el cuerpo es nuestro amigo, es lo que somos. Ya sé que toda generalización es peligrosa, y que la identidad colectiva es un mito. Mas, lo cierto es que Valencia, está poblada, mayoritariamente, por gente dicharachera, optimista y abierta. Personas muy trabajadoras, y a la par -y esto es muy gracioso y extraño- un tanto «Viva la Virgen». Una ciudad pagana, aunque también cristiana. Yo diría que dos tercios pa g anos y uno cristiano. Pero la mayoría de esos dos tercios paganos sienten afecto por la Virgen de los Desamparados. Y se emocionan de verdad, atávicamente. También se emocionan con el Valencia, CF, que en los últimos años es un equipo muy visible. Valencia mira más a Madrid que a Barcelona aunque los valencianos admiran a ambas ciudades. Y las visitan constantemente. Los valencianos son muy viajeros por Europa y por el mundo, y últimamente frecuentan, con gusto, el norte de España. En Valencia la familia suele tener más fuerza que los amigos, aunque es posible que en los últimos tiempos, las cosas estén cambiando. Valencia es luz y mar, sobre todo luz. Luz marina. Y Sorolla sigue siendo el artista más admirado de los valencianos. Y el rey medieval Jaime I, conquistador de la ciudad y del reino, la lógica devoción primera. Y uno acaba queriendo a Valencia, es fácil. Se siente parte de sus calles y vecinos. Aunque uno, naturalmente, nunca será de aquí. Pero es hermoso tener dos patrias exteriores, unidas por la interna patria, que siempre es el amor.

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